El pasaje de la primera lectura (1 Rey 19, 4-8) ha quedado plasmado por el pincel del artista coameño Felipe Rivera y está expuesto en la Parroquia Santísimo Sacramento, una de las comunidades de la periferia ponceña. El extenuado profeta descansa sobre una dura piedra, su humanidad rendida la refleja el azul de sus vestidos; mientras tanto, el ángel del Señor vestido en blanca suavidad y al que le circunda un manto rosado de alegría, sutilmente le toca su cabeza con la mano derecha y con la otra levantada le señala el camino. La obra perfectamente colocada, por el lugar hacia donde señala el ángel, permite establecer una hermosa conexión entre este pasaje del Antiguo Testamento y el banquete eucarístico, plenitud del Nuevo. Todo porque el dedo del mensajero celeste señala hacia el lugar de la reserva eucarística. El cansado profeta desea para sí el morir y, como el hombre afligido que menciona el salmo responsorial (Sal 33), es salvado de sus angustias por el alimento que fue invitado a comer; éste lo llenó de vida y lo robusteció para emprender el camino que, aunque en el texto no se delimita, conduce al monte del encuentro con Dios. Elías aceptó la invitación y descubrió lo bueno que es el Señor, como también indica el salmo de este día.   

 

En la breve segunda lectura (Ef 4, 30–5,2) hay otras dos invitaciones; por un lado, la de no entristecer el Espíritu Santo en vistas a llegar a la liberación final y, por otro lado, a eliminar todo mal sentimiento contra los hermanos para vivir el amor de Cristo. En el trozo evangélico, discurso que hemos venido siguiendo en los pasados domingos, veo también dos invitaciones; por un lado, la de acercarse al Señor puesto se ha de cumplir la escritura: “todos serán discípulos de Dios”. Para ello hay que creer en el enviado del Padre en vistas a poseer la vida eterna. La segunda invitación es a alimentarse del pan vivo que ha bajado del cielo; y traerá como resultado vivir para siempre.   

La mística de una invitación trae consigo algo bueno; a todos nos gusta recibirlas. Una invitación, nos ofrece noticias de acontecimientos significativos y, también, nos hace ver que alguien ha pensado en nosotros.  

 

Hoy nos podemos ver como Elías cuando los agobios de la vida parecen desalentarnos tanto que perdemos los ánimos y las alegrías de vivir. La invitación es la palabra del Señor que, como la mano del ángel de la obra artística, se vuelve para nosotros indicadora de hacia dónde debemos caminar y de dónde nos tenemos que alimentar. Ojalá que en cada templo hubiese un mensajero celeste marcando con su dedo índice el Sagrario y recordándonos que es de ese banquete, al que siempre estamos invitados, del que debemos participar.  Como Elías abrazados al polvo de la tierra, deseando volver a ese origen, se transforman nuestras intenciones cuando nos rendimos, pero quien invoca al Señor se ve libre de sus angustias y su voz vuelve a invitar a levantarse y comer; a comer el pan que alimenta para la vida eterna. Ahora no es el pan cocido del que comió el profeta, tampoco el maná que comieron los antepasados, sino el pan vivo bajado del cielo.  

 

El toque sutil de Dios saca de nosotros, como dice el apóstol, toda amargura, todo enfado y toda maldad. Lo hace no para que caminemos los personales cuarenta días y cuarenta noches con sus particularidades. El toque sutil de Dios llena de vida, los deseos de muerte; reconforta ante las duras piedras del camino; y vuelve a llenar de fuerza lo que ha perdido vigor. Levantarse y comer no es confiar en nuestra débil humanidad, sino que es aceptar su invitación y dejarse envolver por la divinidad. Cosa que la citada pintura logra reflejar con el brillante dorado en todo el contorno de los personajes.         

 

P. Ovidio Pérez Pérez 

Para El Visitante 

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