Fue ordenado por Monseñor Enrique Hernández en la parroquia San José en Caguas. En esta celebración se ordenó a 13 hombres para el servicio diaconal. Este grupo fue el primero que se formó en su totalidad en la Diócesis de Caguas. Participó de la estructuración de los estatutos del Colegio diaconal. Vio pasar por la Diócesis a cuatro Obispos: Monseñor Enrique Hernández, Monseñor Álvaro Corrada del Río, Monseñor Rubén A. González Medina y Monseñor Eusebio Ramos Morales.

Fue diácono permanente de la Diócesis por 30 años. Luego del paso el huracán Hugo en 1989 organizó un equipo de voluntarios de Naranjito para trasladarse a la Isla Municipio de Culebra y ayudar a construir viviendas modulares para los residentes. Uno de sus deseos era construir un Orfanato en Haití. Surgió esta idea en una experiencia misionera en el vecino país. No temía por el camino que tuviese que recorrer sino más bien lo movía el deseo de ver a las personas sonreír. Años después colaboró en la construcción de una Escuela en Haití que construyó la Diócesis de Caguas a partir del fuerte terremoto que experimentó esa hermana nación.

Colaboró en el EDAP  por varios años donde aportó su experiencia y visión a la Diócesis.  Pudo ser parte de Guerra contra el Hambre, ahora REDES. Fue delegado en talleres, reuniones, congresos nacionales e internacionales, encuentros y experiencias de misión. Ayudó a coordinar y organizar el CONAJUM en el año 2005 y 2009.

Fue nombrado delegado del Obispo para las Obras Misionales Pontificias, por Padre Obispo Rubén A. González Medina. Fue nombrado a esta misión el 27 de noviembre de 2002 hasta el 27 de noviembre de 2005. Aunque permaneció cercano a este servicio hasta el año 2013. Con la cita bíblica Juan 15, 16: “No son ustedes los que me han elegido, dice el Señor, soy yo quien les he elegido y les he destinado para que vayan y den fruto y su fruto dure”, asume la dimensión misionera de la Diócesis hasta que comienza a enfrentar problemas de salud cuando tiene que comenzar a vivir con intensidad la experiencia de oración en la vida de misión desde su condición médica. Estuvo recibiendo diálisis durante 5 años sin muestras de quejas ni renegar por el proceso. Supo ofrecer cada experiencia por cada persona de la Diócesis y en especial por los jóvenes de nuestro país. El 27 de noviembre de 2017, mismo día de su encargo varios años antes, asume una misión aún más profunda de cara a la vida eterna. Un 27 fue llamado a la misión y un 27 fue llamado a ofrecer su vida. Observando el sacrificio eucarístico en su hogar partió a morar con el Señor.

En un diálogo con su esposa, Lourdes Pola, natural de la ciudad de Ponce y naranjiteña por adopción por más de 50 años, pudimos entender cuáles actitudes resaltan en un hombre que estuvo en el servicio de la Iglesia por tantos años.  A la pregunta: ¿Qué admiraba de su esposo y diácono?, nos contestó: “Admiraba a José que fue un hombre de fe, de perseverancia.  Admiré su humanismo; es decir que él no tenía distinciones de personas. Sin lugar a dudas se podía ver su desprendimiento, sencillez y humildad.  Muchas obras que él realizó no son de conocimiento de las personas, pero sus obras sí calaron el corazón de quienes lo conocieron. Que no fueron pocos”.

¿Cuál es la enseñanza que pudo haber dejado el Diácono José Berríos?

Lourdes nos decía que: “El preocuparse más por los demás, por las situaciones. Hacerse prójimo con todos. Poder ver lo invisible con referencia a nuestros hermanos. El amor que sentía por lo jóvenes era muy peculiar. No solo se adaptó a la vida familiar y a sus nietos sino que supo brindar una acogida y ser portador de esperanza”.

P. José Ramón Figueroa Sáez

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