En Caná el Señor y sus primeros discípulos asisten a una boda. Las bodas en Israel y en Oriente se iniciaban al oscurecer el día. Se conducía a la novia a la casa del esposo, acompañada de una caravana de jóvenes doncellas, familiares y amigos. A ellos se sumarían seguramente los vecinos, pudiendo la fiesta prolongarse hasta por una semana. No todos los invitados estaban presentes desde el inicio, iban llegando con el paso de los días, desfilando por la casa y gozando de la hospitalidad y alegría de los nuevos esposos y sus familias.
El vino en la boda era un elemento esencial. “Donde no hay vino, no hay alegría”, refiere el Talmud. En la Escritura la felicidad prometida por Dios se expresaba no pocas veces bajo la forma de la abundancia de vino. El vino era signo de prosperidad debido a las bendiciones de Dios. Por tanto, podía tomarse como un mal signo el que en la celebración de una boda llegase a faltar el vino.
La cantidad de vino producido por aquel milagro es más que abundante. Una tinaja de piedra contenía entre 80 y 120 litros. Siendo seis las tinajas que le trajeron sumaban unos 600 litros en total. ¿Por qué tanto vino, y mejor al anterior? El vino superior y abundante quería ser una señal de la sobreabundancia de las bendiciones divinas que Dios ofrece a su pueblo en el tiempo mesiánico inaugurado ya por su Hijo.
Esta sobreabundancia está íntimamente vinculada a “la hora de Jesús”, que, según el Evangelio de Juan, es la hora de su pasión y glorificación en la Cruz La hora en que llevará a término la obra de la reconciliación de la humanidad. Ese es precisamente el segundo momento en que aparece nuevamente, en el Evangelio de Juan, la Madre de Jesús: «Junto a la Cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19, 25). La respuesta del Señor a su Madre, «todavía no ha llegado mi hora», permite intuir que Él quiso darle al episodio de Caná un significado simbólico de lo que realizaría al llegar “su hora”: en la transformación del agua en vino anuncia el paso de la antigua Alianza a la Nueva. En Caná el agua de las tinajas, destinada a la purificación de los judíos y al cumplimiento de las prescripciones legales se transforma en el vino nuevo del banquete nupcial, símbolo de la unión definitiva entre Dios y la humanidad.



