El pasado 27 de diciembre, el Padre Julio L. Motta Cintrón fue ordenado sacerdote por la imposición de manos de Mons. Roberto O. González Nieves, Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico. Su historia es un testimonio de fe, entrega y transformación que invita a reflexionar sobre el llamado de Dios en cualquier etapa de la vida.
Antes de ingresar al seminario, el Padre Julio ejercía como ingeniero mecánico, una carrera que desempeñó por cerca de 30 años en la industria farmacéutica. Además, como padre de dos hijas, su vocación al sacerdocio llegó en un momento de madurez personal y profesional. “Llegó un punto en mi vida donde sentía que algo faltaba. Tenía una carrera exitosa, pero el sentido de logro y afán de trabajo ya no eran suficientes. Reconocí que había un vacío que solo podía llenar Dios”, compartió durante nuestra conversación.
Un llamado en medio de los retos
El discernimiento hacia el sacerdocio fue un proceso profundo y desafiante. Uno de los momentos clave para el Padre Julio fue enfrentar la enfermedad de una de sus hijas, quien fue diagnosticada con cáncer. “Ese momento fue un detente en mi vida. Ver la fragilidad de la existencia humana me hizo reevaluar lo que realmente importaba. Agradezco a Dios que mi hija se recuperó, pero también reconozco que ese proceso sanó un ‘cáncer’ en mi corazón: el afán por lo material y el egoísmo”.
Con el tiempo, esta experiencia lo llevó a comprometerse más con su fe, primero a través de su participación en el ministerio de música, luego como lector y ministro de la Eucaristía. Finalmente, sintió el llamado de Dios a un compromiso más profundo, lo que lo llevó a ingresar al seminario.
La transición: de la ingeniería al altar
Dejar una carrera estable y enfrentarse a los retos del seminario no fue una decisión sencilla. “El desprendimiento fue el mayor desafío. No solo dejar mi profesión, sino también estar lejos de mis hijas y mi familia. Sin embargo, Dios me bendijo con una nueva familia en las comunidades parroquiales que me acogieron”, explicó.
El Padre Julio también mencionó cómo su experiencia como ingeniero lo preparó para el sacerdocio. “El trabajo en equipo, la organización y la capacidad de liderar fueron habilidades que llevé conmigo al seminario. Pero, sobre todo, aprendí a ver la mano de Dios incluso en los pequeños detalles de la vida cotidiana”.
Una vocación que inspira
Su historia es un ejemplo de que el llamado de Dios no tiene edad ni condición. Para quienes creen que el tiempo para responder a una vocación ha pasado, el Padre Julio tiene un mensaje claro: “Dios te llama en cualquier etapa de la vida. Como dice la parábola de los trabajadores en la viña, el Señor sale a buscarnos por la mañana, al mediodía y al final del día. Lo importante es responder con generosidad”.
Durante su primera misa como sacerdote en la parroquia Nuestra Señora de la Piedad, el Padre Julio experimentó una emoción indescriptible. “Fue un momento de gracia, poder elevar la Eucaristía y sentir que en mis manos estaba el Cuerpo de Cristo para ofrecerlo al pueblo que me había acogido. Es una responsabilidad y un privilegio que nunca dejará de asombrarme”, confesó.
El compromiso con la esperanza
En este Año Jubilar de la Esperanza, convocado por el Papa Francisco, el Padre Julio encuentra un sentido renovado de misón. “Nuestro llamado es ser rostros vivos de esperanza. Vivimos en un mundo que necesita más amor y acogida. Mi compromiso como sacerdote es mostrar la misericordia de Dios y ser un instrumento de su paz, especialmente para los más vulnerables”.
El Padre Julio también comparte su pasión por atender las necesidades de los adultos mayores y la pastoral carcelaria, dos áreas que, según él, necesitan una atención urgente. “Hay muchas personas en soledad que esperan ser vistas y escuchadas. Ahí es donde quiero enfocar mi ministerio”.
Un futuro lleno de fe
El Padre Julio L. Motta Cintrón es un testimonio vivo de cómo Dios transforma vidas y llama a sus hijos en el momento adecuado. Su historia nos recuerda que la respuesta al llamado de Dios, aunque desafiante, está llena de gracia y esperanza. En palabras del propio Padre Julio: “Si Dios pudo conmigo, también puede contigo. Solo necesitas abrir tu corazón y decir sí”.

