Yared Gabriel Rodríguez Soto tiene 23 años, es el menor de dos hermanos y estudia Diseño gráfico. Actualmente es uno de los líderes de la pastoral juvenil Misioneros del Espíritu Santo de la Parroquia Sagrada Familia de Manatí.
A la edad de 13 años, experimentó por varias semanas dolor de cabeza y malestar estomacal. El diagnóstico, un tumor en la cabeza. Más adelante se sumaron otras complicaciones de salud. En total, tuvo que someterse a tres operaciones, cuatro sesiones de quimioterapia y 30 de radioterapia.
“Lo más difícil no era lo que me pasaba a mí”, expresó Yared en entrevista con El Visitante, sino que otros en su misma situación, generalmente niños, morían mientras él seguía vivo.
Naturalmente, hubo momentos de tristeza, pero su hermano mayor, quien hoy día es sacerdote, sugirió en aquel entonces: “Y, ¿si en lugar de preguntar por qué, preguntas para qué?”. Una cuestión que, aseguró, va encontrando respuestas con el paso del tiempo. “Por qué pasó no sé si algún día lo sabré, pero la verdad es que ya no necesito saberlo. El Señor tiene un plan para todo y vivo en paz sabiendo que todo está en sus manos”.
Yared compartió dos cosas que fueron claves para sobrellevar la enfermedad. Las personas: “Me gusta estar con la gente. Para mí estar acompañado es esencial, pero no sólo físicamente, sino también sentirme acompañado en la oración”. Y, el servicio al altar cuando su salud se lo permitía: “Servir en el altar era mi consuelo, mi lugar seguro”.
El simpático y amable joven no vocifera que vive con un profundo espíritu de esperanza, pero su vida lo expresa con una sencillez fascinante. De modo que pudo hablar con mucha naturalidad y certeza cuando le preguntamos sobre ese tema concretamente: “Para mí, la esperanza es saber que vivo para algo más, que todo esto algún día valdrá la pena y que el Señor lo va a usar para lo que él entienda que es necesario”. Y añadió: “A veces la falta de esperanza es porque lo queremos hacer todo nosotros y la realidad es que no podemos solos, necesitamos de Dios. Pero nos cuesta rendirnos a su voluntad y olvidamos que el momento oscuro antecede a la luz”.
Sin embargo, no se vive, así como por arte de magia. Por eso, su modo de alimentar la esperanza es la misa diaria y, desde ahí, “recibir todo lo que venga con la confianza de que el Señor tiene mi vida. A veces cuesta, pero ya Dios sabe todo lo que va a pasar en mi vida y no importa que yo no lo sepa”, dijo sonriendo.
Yared, además, no pudo dejar de mencionar su especial amor por la Virgen María, de quien asegura: “ella es mi mamá y nunca me ha faltado. Estoy seguro de que ha pedido por mí, sobre todo en las noches más difíciles de la enfermedad. María me hace sentir como un niño otra vez y aguardo con ilusión el día de ir al cielo y poder abrazarla”.
Hoy día, Yared sigue su vida normal, pero, con los pies bien puestos en la tierra no ignora la posibilidad de que el cáncer vuelva a aparecer, ya que “nunca me han dado el alta”. Pero, con serenidad aseguró: “no es algo que me angustie […]. La enfermedad vivida con fe es don porque es oportunidad para crecer, para ver las cosas de otra manera, oportunidad para descubrir que la vida vale más de lo que imaginamos y aprecias más cada segundo. Estamos aquí para restarle al dolor del otro y eso también la enfermedad me lo permite: apoyar a otros en su dolor desde el propio dolor”. Por eso, “tener esperanza hace que mi vida valga la pena… que no me vaya de aquí sin, por lo menos, ayudar a uno”.



