Dentro de todos los temas que atañen a la doctrina social de la Iglesia, la ancianidad es uno de los que continúa cobrando una mayor relevancia. Como resultado de los cambios demográficos: la baja en la tasa de natalidad y el aumento en la expectativa de vida de las personas, sobre todo en los países de mayor desarrollo económico, es un hecho de que la población va envejeciendo a un nivel acelerado. En el caso de Puerto Rico un factor adicional que contribuye al envejecimiento de la población es la emigración.

Las proyecciones poblacionales a partir de los datos censales, pronostican que la población de personas de 60 años o más crecerá, de ser un 15 % de la población en el año 2000, a 25 % en el 2020 y un 39 % en el 2050. Este grupo de edad se enfrenta, en una mayor proporción, a condiciones de pobreza. Se estimó que 43.6 % de las personas de 65 años o más estaban bajo niveles de pobreza en el 2006.

En su homilía del 4 de marzo de 2015 el Papa Francisco señala: “Nosotros vivimos en un tiempo en el cual los ancianos no cuentan. Es feo decirlo, pero se descartan porque molestan. Los ancianos son los que nos traen la historia, nos traen la doctrina, nos traen la fe y nos la dejan en herencia. Son los que, como el buen vino envejecido, tienen esta fuerza dentro para darnos una herencia noble”. La vejez, para el Papa Francisco, es un tesoro, pero un tesoro que se ignora, porque se ve a los viejos como una carga. Son acechados por la cultura del descarte, que solo da valor a aquello que produce dinero o placer. Por tal razón los ancianos sufren muchas veces el abandono de su familia, se les limita el poder de participar en la sociedad y en muchos casos no se respeta su dignidad como personas. El Papa Francisco señala que ante esa actitud de descarte, se debe “despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de acogida, que haga sentir al anciano parte viva de su comunidad”.

La Doctrina Social de la Iglesia afirma que: “Los ancianos constituyen una importante escuela de vida, capaz de transmitir valores y tradiciones y de favorecer el crecimiento de los más jóvenes.” Esa llamada a constituirse en ejemplos de vida para la juventud, constituye lo que el Papa denomina la “vocación de la ancianidad”. Es un reto y un llamado para la persona de edad mayor. La Iglesia exhorta a los ancianos a que ofrezcan su sabiduría, a que permanezcan activos, dando sus frutos a la sociedad. Es parte de su vocación transmitir la fe a las generaciones más jóvenes.

El rol de los ancianos en la familia puertorriqueña se hace notar en la alta proporción de abuelos que se hacen responsables por sus nietos. Según la Encuesta de la Comunidad del Negociado del Censo de 2010, en Puerto Rico había 56,214 abuelos que eran responsables por nietos menores de 18 años. De esa cantidad, el 40 % tenía 60 años o más. La tendencia ha sido hacia un incremento en esta proporción. Esa contribución social merece apoyo y reconocimiento por parte de las instituciones gubernamentales. Defender sus derechos a una vida digna es un deber de gratitud.

La vejez es una época de la vida en la que pueden mermar las fuerzas físicas, pero en la que se tiene el tiempo y el espacio para desarrollar la espiritualidad y crecer interiormente. Numerosos estudios han encontrado que la espiritualidad, en esta etapa de la vida, influye en el bienestar psíquico y psicológico, así como en el proceso de adaptación al envejecimiento. El anciano debe acoger los cambios que se le presenten con valores y metas, con dignidad, amor, con alegría y buscando oportunidades para darse a los demás. En su entrega, se va acercando cada vez más al gozo de la eternidad.

(Puede enviar sus comentarios a nuestro correo electrónico: casa.doctrinasocial@gmail.com)

Nélida Hernández
Consejo de Acción Social Arquidiocesano
Para El Visitante

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