La Transfiguración del Señor

Cada 6 de agosto celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor, incluso cuando esta fiesta cae domingo. Igualmente, cada Segundo Domingo de Cuaresma proclamamos como lectura evangélica el relato de la Transfiguración. Se trata de un relato que contrasta con el que escuchamos cada Primer Domingo de Cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto, en donde contemplamos la humanidad de Aquel que no dejó de ser Dios al hacerse hombre, hasta el punto de experimentar la furia de la tentación. La experimentó, pero venció plenamente. En Jesús siempre tendremos la victoria: murió verdaderamente para darnos la victoria por su Resurrección. En Jesús ni la derrota ni el fracaso tendrán la última palabra… jamás… JAMÁS. Fue la lección que Jesús quiso darles a sus apóstoles representados por Pedro, Santiago y Juan cuando se transfiguró delante de ellos. Fue una lección de esperanza que fue precedida por la falta de comprensión del misterio por parte de los apóstoles. Jesús les preguntó: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. “Unos dicen que es Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías…”. “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro se adelantó -como de costumbre- y profesó su fe diciendo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús, después de conferirle la primacía apostólica a Pedro, anuncia por primera vez que iba a padecer mucho, que iba a morir para luego resucitar. Nosotros tenemos la curiosa tendencia de destacar las malas noticias. A pesar de que Jesús terminó su explicación hablando de su resurrección, los apóstoles se ofuscaron en su muerte. Hasta el punto que Pedro reprendió al Maestro haciéndole saber que eso Dios no lo podía permitir. “No lo permita Dios”, lo que le ganó a Pedro una reprimenda aún mayor por parte de Jesús: “Quítate de mi vista, Satanás…” (Cf. Mt 16, 13-23). Es entonces cuando Jesús, seis días después, llama a Juan, Santiago y a Simón Pedro. Habiendo subido la montaña alta (quizás el Monte Tabor), se transfiguró. ¿En qué consistió este fenómeno? San Lucas nos dice que el rostro del Señor cambió de aspecto (9, 29) y San Mateo recalca que su rostro resplandecía como el sol, además que su ropa se volvió brillante como la luz (Mt 17, 2). San Lucas destaca la blancura de la ropa de Jesús (9, 29) y San Marcos añadirá que su blancura fue tal que ningún lavandero podría emularla (9, 3). Un espectáculo de luz y blancura deslumbrante, a lo que se añade la presencia de dos personas emblemáticas del Antiguo Testamento: Moisés y Elías, representando la Ley y los Profetas respectivamente. Ley y Profetas que resumen las Sagradas Escrituras, la Revelación divina recibida hasta entonces y consumada con Cristo. La experiencia de los tres apóstoles debió ser tal que Pedro exclamó: “¡Qué bien se está aquí!… Hagamos tres chozas” (Mt 17, 4). Quería quedarse allí, en aquel éxtasis. Pedro recordaría para siempre aquella experiencia: (Jesús) recibió de Dios Padre honor y gloria, por una voz que le llegó desde la sublime majestad que dijo: “Este es mi Hijo querido, mi predilecto”. Esa voz llegada desde el Cielo la oímos nosotros cuando estábamos con Él en la montaña santa… (2 Pe 1, 17-18). La voz del Padre desde la nube (el Espíritu Santo -Cf Lc 1, 35) sirvió de colofón de aquella sublime experiencia. El trío de apóstoles comprendió que Aquel que había dicho que iba a padecer y a morir recibiría del Padre honor y gloria. Dios Padre nunca defraudaría a su Hijo: “Este es mi Hijo, mi predilecto”.

“La esperanza no defrauda” (Rom 5, 5). Vivimos tiempos ciertamente críticos y retantes, en donde parece que la esperanza nos traiciona y nos defrauda. La economía va en declive, la tasa de desempleos sube vertiginosamente sin que bajen los precios de los servicios básicos, los cuales suben y siguen subiendo. Muchos optan por emigrar a los Estados Unidos u otros destinos buscando mejores condiciones de vida, pero se encuentran con los mismos retos u otros retos inesperados. Respiramos en una atmósfera saturada de las esporas del pesimismo y de la falta de esperanza. Así como la transfiguración del Señor fue fuente de esperanza para los tres íntimos de Jesús, también debe serlo para nosotros. En Jesús ponemos nuestra esperanza que no defrauda, pues Él no nos defraudó ni en el Tabor ni en el Calvario, siendo fiel al Padre hasta la muerte. El gemido agónico de “Elí, Elí, lama sabaktaní” fue escuchado por aquel Padre que también es nuestro Padre. Así como Él permitió una “derrota” para su Hijo, le concedió una victoria aún mayor. Y nosotros también participaremos de su apabullante victoria. La transfiguración fue un anticipo real de aquella victoria consumada en la Pascua del Cordero, de la cual nosotros participaremos. No perdamos ni la fe ni la esperanza, aun cuando todo parece venirse abajo. Para participar de la transfiguración pascual hay que pasar por la Vía Dolorosa. Nuestro pueblo está pasando por una vía particularmente dolorosa -y la misma se hace larga-. Pero nuestra mirada ha de estar enfocada en la cima del Tabor, donde está Aquel que no defrauda, el Transfigurado que nos transfigurará. Y Él no conoce la derrota, sino victorias apabullantes. Por Él, en Él y con Él venceremos.

(P. Miguel A. Trinidad Fonseca)

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León XIV: «El matrimonio es una comunidad de vida y amor fundada en la fidelidad y la entrega mutua»

Ciudad del Vaticano. – El papa León XIV presidió este miércoles, 21 de octubre, la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, donde reflexionó sobre la importancia del matrimonio y la familia a la luz de la constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II. En su catequesis, destacó que el amor conyugal encuentra su fundamento en la entrega recíproca, la fidelidad y la unidad indisoluble de los esposos. La audiencia tuvo un significado especial al celebrarse pocos días después de que el Santo Padre recibiera el alta hospitalaria, tras la intervención quirúrgica a la que fue sometido el pasado 13 de octubre. Antes de comenzar su reflexión, agradeció las numerosas muestras de cercanía y las oraciones ofrecidas por su recuperación. «Lo primero que quiero decirles es ¡gracias! Gracias por el apoyo de sus oraciones», expresó el Pontífice, invitando a los fieles a renovar su confianza en la bondad y misericordia de Dios. El matrimonio, una alianza de amor Al profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano II, León XIV recordó que el matrimonio no puede comprenderse únicamente como un contrato jurídico, sino como una comunidad de vida y amor que nace de la decisión libre de los esposos de entregarse mutuamente. El Papa explicó que esta donación recíproca exige plena fidelidad y unidad indisoluble, siguiendo las palabras de Jesucristo: «Ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6). Asimismo, señaló que el amor matrimonial supera la atracción física y comprende la totalidad de la persona, expresándose mediante el afecto, la ternura, el respeto y la búsqueda del bien del otro. En este sentido, recordó que el hombre y la mujer poseen igual dignidad y están llamados a construir una relación que refleje el amor de Cristo por su Iglesia. La familia, fundamento de la sociedad Durante su enseñanza, el Santo Padre destacó también la dimensión social de la familia, definida por Gaudium et spescomo escuela del más rico humanismo y fundamento de la sociedad. Subrayó que la fecundidad del matrimonio encuentra una expresión particular en la procreación y educación de los hijos, a quienes el documento conciliar reconoce como un don extraordinario de la unión matrimonial. El Pontífice recordó que los esposos, al transmitir y educar la vida humana, participan de manera especial en la obra creadora de Dios y asumen una responsabilidad que debe ejercerse desde una conciencia formada a la luz del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia. Un llamado a proteger la vida humana León XIV reiteró la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad de toda vida humana desde su concepción, insistiendo en la necesidad de protegerla y respetarla. Asimismo, destacó que el amor conyugal y la transmisión responsable de la vida deben comprenderse desde una visión integral de la persona, en la que la entrega mutua y la apertura a la vida constituyen dimensiones fundamentales del matrimonio cristiano. El Santo Padre reconoció que la defensa y el acompañamiento de las familias representan una tarea pastoral cada vez más urgente, recordando la atención que la Iglesia ha dedicado a esta realidad durante las últimas décadas, particularmente mediante los sínodos sobre la familia convocados por el papa Francisco. Al concluir su catequesis, León XIV encomendó a todas las familias del mundo a la protección de la Sagrada Familia de Nazaret, pidiendo que su ejemplo ilumine el camino de los matrimonios y fortalezca su vocación al amor, la fidelidad y la comunión. Fuente: Vatican News.

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