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Las Sagradas Escrituras suelen evocar imágenes de los santos lugares donde Jesucristo manifestó sus signos y gloria. Con el tiempo de la Pascua se repiten las primeras palabras de Jesús Resucitado una y otra vez: “La paz sea con ustedes”. Esto contrasta con la triste realidad de que la paz no es una realidad en suelo santo, como ocurre en el ucraniano, africano, haitiano y otros benditos suelos. Las garras del monstruo de la guerra amenazan al mundo que pareciera tener ánimos bélicos de corte mundial, pero a pedazos. Mientras, el Papa Francisco lanza una y otra vez el reto de conseguir promotores de la paz y constructores de puentes de paz. Un grito en el desierto con resonancias episcopales, sacerdotales y laicales frente a una sociedad en la que pareciera que el materialismo, el ateísmo pragmático y la indiferencia voraz ganan terreno en la vida espiritual colectiva. 

Con espíritu sinodal, oremos juntos para que la paz reine en todo el orbe. Para que los líderes y sus asesores logren comprender que el sendero a seguir señala a la serenidad, la sabiduría, la verdadera fuerza del amor y la. bondad, el perdón, la reconciliación, la reconstrucción y la sana convivencia. Y que se trabaje para sanar a tantos que han sido flagelados por la tragedia, las pérdidas y las cicatrices de la guerra. Asimismo, oremos por el eterno descanso de los que han fallecido directa o indirectamente a causa de estos conflictos. Nuestro amado planeta azul es esférico y frágil. Oremos a la Divina Misericordia: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y el mundo entero. ¡Oremos, como San Francisco de Asís, para que Dios nos conceda la paz como si todo dependiera de nuestra oración!

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. 

Maestro, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando, como se es perdonado, es muriendo como se resucita a la vida eterna. Amén.

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

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