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Algunos aspectos para meditar en la Semana Santa

La Semana Santa es muy oportuna para contemplar y a meditar más a fondo en la Pasión y muerte del Señor, para luego celebrar su paso de la muerte a la vida. En estas líneas presento algunos datos que bien nos podrían ayudar a ponernos en perspectiva ante el gran sacrificio de Cristo. Ojalá sean de provecho.  

Primero, propongo asomarnos a la muerte de cruz como tal. Estamos tan acostumbrados a los crucifijos que no sentimos la impresión que tendríamos ante un crucificado de carne y hueso. Se trata de una muerte lenta, dolorosa e impactante a nivel visual. Los persas la popularizaron y posiblemente la inventaron. Los cartaginenses la copiaron de los persas y los romanos de los cartaginenses. Fue una pena capital muy practicada en esas regiones. Roma tuvo cierta fascinación por ella, hasta el punto de que se consideró una pena romana.

Alejandro Magno, luego de tomar la ciudad de Tiro, mandó crucificar a 2,000 ciudadanos. El rey judío Alejandro Janeo (103-76 A.C.), al vencer una rebelión judía, mandó a crucificar en un solo día a 800 personas. Mientras disfrutaba con prostitutas en su palacio, de vez en cuando miraba a sus víctimas retorcerse de dolor. Para el año 63 A.C., año de la ocupación de Israel por parte de Roma, las crucifixiones eran la orden del día, por los continuos enfrentamientos. Fue un suplicio muy temido. Se usaba para intimidar a la gente y garantizar el orden. Fue en Judea donde más se usó. Flavio Josefo afirma que, para el año 70, la toma de Jerusalén y la destrucción del templo por los romanos, se llegaron a crucificar 5,000 prisioneros judíos en un día, afirmando que los soldados se divertían crucificando a los reos en diferentes posturas.

En tiempos de paz la crucifixión se empleaba con los esclavos por causas insignificantes. El poeta romano Plauto (s. III A.C.) llegó a decir: Sé que la cruz será mi suplicio. Allí están colocados mis antepasados, padre, abuelo, bisabuelo, tatarabuelo. También se usaba con los desertores, los ladrones y con los prisioneros de guerra. Séneca calificó la muerte de cruz como una muerte en donde se perdía la vida gota a gota.

Para los judíos esta pena era muy dolorosa no solo en el plano físico, sino en el plano religioso. El libro del Deuteronomio (21, 23) dice: Maldito es de Dios el que cuelga en un árbol. San Pablo cita este texto en su carta a los Gálatas (3, 13) al decir: Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose Él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: “maldito todo el que está colgado de un madero…”. Probablemente por esta razón las autoridades religiosas tenían especial interés de que Jesús fuese crucificado.

Segundo, veamos de paso el “Vía Crucis” como tal. El mismo debió ser relativamente corto, de sólo unos 500 metros: no era un trayecto largo, pero si difícil por varios factores: suelo irregular y pedregoso (con escaleras), calles angostas y empinadas, mucha gente, sumando el desgaste y cansancio físico de los reos. La costumbre era que cada reo llevara su cruz, es decir, el patíbulo o travesaño (no la cruz entera), con las manos atadas a él. También llevaba en su cuello el títulus, letrero que resumía el motivo de su condena que luego sería colocado sobre la cruz. La cruz entera pesaría unas 300 libras. El patíbulo solo pesaría entre 94 y 125 libras. Según la Sabana Santa, una cuerda unía el lado izquierdo del travesaño con el pie izquierdo de Jesús, lo que fue produciendo que el peso del travesaño se inclinase hacia la izquierda, lo que produjo inestabilidad y mayor fatiga. Por otro lado, el lado del travesaño libre de esa cuerda llevaba otra cuerda que estaba unida a los travesaños de los otros reos. En el caso de Jesús, Él llevaba la corona de espinas y, al igual que los otros reos, caminó descalzo. Las caídas fueron violentas, contra el puro suelo pedregoso y terroso. Las rodillas, los pómulos, la frente y la nariz del hombre del Santo Sudario aparecen muy heridas. El dolor físico por la carga del patíbulo, las caídas, el ayuno, la deshidratación, las burlas, el dolor por el abandono y traición de sus íntimos, etc., fueron grandes sufrimientos que soportó Jesús. 

Estas breves líneas demuestran que Jesús padeció de verdad: no fue una simulación o un teatro. Él vivió todo esto (y mucho más) en carne propia para abrirnos el Cielo. Que en esta semana sepamos valorar y agradecer el gran sacrificio del Señor, el cual se renueva a diario en cada santa Misa. Gracias Jesús, gracias por tu amor.

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Fuentes bibliográficas: 

Descalzo, M. (1991). Vida y misterio de Jesús de Nazaret (tomo III). Salamanca: Ediciones Sígueme. 

Revidatti & Revidatti (2006). Y todo esto por nosotros (1ra. ed). Argentina: San Pablo.

P. Miguel A. Trinidad Fonseca, MDiv, MCM.

Para El Visitante

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