La labor que realiza la Iglesia en la situación actual de Puerto Rico es una activa y constante. Para Mons. Juan Rodríguez Orengo, vicario de pastoral de la Diócesis de Ponce, la actividad que se realiza más allá de llevar agua, comida o artículos de primera necesidad, es acompañar y escuchar. Esta es la misión. Resaltó la encomiable labor que realizan movimientos apostólicos y los distintos equipos parroquiales a través del centro de acopio diocesano. Esto para servir a “católicos y no católicos, porque la caridad es para todos”.

La situación se repite en cada una de las 43 parroquias de la Diócesis en el litoral sur que consta de varios pueblos y zonas montañosas. “En Cristo Rey (la parroquia donde ejerce labores de párroco) repartimos casi 400 compras a gente que conocemos que están en necesidad. Cada compra cuenta con alimentos no perecederos. Esto especialmente los del sector Río Chiquito en Ponce donde los techos volaron a causa de los vientos huracanados”, sostuvo Rodríguez Orengo.

Sobre varios recorridos por distintos puntos de la Diócesis comentó que las áreas más afectadas son por donde pasó el vórtice del temporal, Patillas y Arroyo. Además, los pueblos y zonas montañosas donde “las personas están pasando necesidades y situaciones difíciles”. Aunque aceptó que la ansiedad ha crecido con el pasar de las semanas para los que han perdido todo y por la escasez de agua o luz eléctrica, “con calma todo se arregla, poco a poco”. Incluso, reveló haber lidiado con personas con intenciones suicidas.

Arremetió contra el argumento de la mal llamada maldición del huracán. “El huracán no fue una maldición, fue un fenómeno atmosférico. Tenemos que mirar adelante y practicar nuestras virtudes”, sostuvo. El saldo de esta experiencia también ha sido positivo, la comunicación entre vecinos, la unión familiar, la solidaridad de la gente, la cooperación, la generosidad, la sensibilidad ante el dolor… Al ver el sufrimiento de tantos puertorriqueños, muchos crearon conciencia de una acción justa y necesaria ante los retos que se enfrentan como País.

“La misión está activa, como discípulos debemos dar de comer al hambriento y socorrer al necesitado. No solamente dar de comer, sino acompañar, escuchar. La misión está trabajando”, reflexionó el Vicario de Pastoral.

La invitación es a levantar a Puerto Rico no solo en la infraestructura sino en el corazón, en el espíritu. En ese sentido explicó que “todos somos Puerto Rico”, nacidos aquí o no nacidos aquí, extranjeros o criados, todos están llamados a trabajar para levantar el País como faros de fe y esperanza. “A todos los fieles de la Diócesis, que tengan ánimo, otras hemos pasado y hemos salido. A orar mucho. El que se sienta deprimido y ansioso, en vez de estar pensando en irse a volar en un avión o hacer otra cosa, que haga lo que dice el Papa Francisco que toque a la puerta de la parroquia, que a cualquier hora el párroco le va a atender”, concluyó el Vicario de Pastoral.

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