Después de varios meses, pasado el huracán María, comenzamos nuevamente la experiencia de la Escuela Diocesana de Formación La Barca.  Tuve la oportunidad de acompañar a los hermanos de la Misión Humacao y en la primera noche de regreso comenzamos compartiendo las experiencias que surgieron luego de este fenómeno atmosférico.  Muchos comentaron sus miedos y temores en medio del huracán y algunos también contaron lo que habían perdido pero hubo un testimonio que me llamó la atención.  Esta señora nos comparte que su casa se inundó y tuvo muchas pérdidas. Ella se consideraba una persona tímida y en su soledad prefería quedarse encerrada en su casa.  Luego de pasar el huracán, algo en su interior le hizo salir. Comenzó a ver a sus vecinos y la realidad que estaban pasando y comenzó a acercarse a otros que estaban pasando por necesidades similares.  Luego, gracias a las ayudas que fue recibiendo, su hogar se convirtió en un centro de acopio. Entre las cosas que tenía en su casa era hielo, el cual compartía con los que llegaban.  Finalmente, comenzó a hacer comida para repartirla a los demás.  Ella encontró un propósito en su vida y el haber salido de su hogar para ayudar a los demás le dio alegría y esperanza.  A pesar de haber perdido cosas, Dios le dio un mayor regalo: ser misionera desde el servicio.

Nos dice  Papa Francisco en una homilía compartiendo los testimonios de otros misioneros que llevan años lejos de sus familias: “…servir, esta es la alegría de la Iglesia: ir siempre más allá, ir más allá y dar la vida”.  Durante estos 5 meses he tenido la oportunidad de ver a muchos que viven esta alegría de servir: como los laicos que a través de Cáritas y de otros grupos de pastoral social han dedicado su tiempo y sus esfuerzos para visitar casa por casa, ver las necesidades y buscar ayudas para devolverles lo necesario para que puedan tener un lugar para vivir o alimento; como sacerdotes, diáconos y consagrados que  han dedicado su tiempo para acompañar a su pueblo para animarles a vivir la fe con alegría; ver a los jóvenes que sacan de su tiempo para limpiar casas, o para organizar el centro de acopio de nuestra Diócesis.  Es ver que cuando estos servidores se encuentran hablan un mismo idioma: la caridad.  Cuando nuestros laicos se encuentran para compartir sus experiencias descubren el gozo de seguir realizando la obra de Dios en cada rincón de nuestro pueblo.

En medio de este momento de transición que está pasando nuestra Diócesis es importante que salgamos a continuar la misión que tenemos.  Es vital que animemos y acompañemos a los que todavía están  afectados por los efectos del huracán.  Cristo, que es la Palabra Viva del Padre, es nuestra razón de ser, de vivir y de servir.  Hay mucho que hacer aún y está en nuestras manos el dar vida a nuestra gente.  Sigamos remando mar adentro…la misión continúa…

Rvdo. P. Floyd Mercado Vidro

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here