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Nosotros hablamos de «misa» o de «Eucaristía». Los primeros cristianos la llamaban «la cena del Señor» o incluso «la mesa del Señor». 

Las comidas tenían entre los judíos un carácter sagrado que a nosotros hoy se nos escapa. Para una mente judía el alimento viene de Dios. Por eso, la mejor manera de tomarlo es sentarse a la mesa en actitud de acción de gracias y compartiendo el pan y el vino como hermanos. La comida no era sólo para alimentarse, sino el momento mejor para sentirse todos unidos y en comunión con Dios, sobre todo el día sagrado del sábado en que se comía, se cantaba, se escuchaba la Palabra de Dios y se disfrutaba de una larga sobremesa.

Por eso, los judíos no se sentaban a la mesa con cualquiera. No se come con extraños o desconocidos. Menos aún, con pecadores, impuros o gente despreciable. ¿Cómo compartir el pan, la amistad y la oración con quienes viven lejos de la amistad de Dios?

La actuación de Jesús resultó sorprendente y escandalosa. Jesús no seleccionaba a sus comensales. Se sentaba a la mesa con publicanos, dejaba que se le acercaran las prostitutas, comía con gente impura y marginada, excluida de la Alianza con Dios. Los acogía no como moralista sino como amigo. Su mesa estaba abierta a todos, sin excluir a nadie. Su mensaje era claro: todos tienen un lugar en el corazón de Dios.

Después de veinte siglos de cristianismo, la Eucaristía puede parecer hoy una celebración piadosa reservada sólo a personas ejemplares y virtuosas. Parece que se han de acercar a comulgar con Cristo quienes se sientan dignos de recibirlo con alma pura. Sin embargo, la «mesa del Señor» está abierta a todos como siempre.

La Eucaristía es para personas abatidas y humilladas que anhelan paz y respiro; para pecadores que buscan perdón y consuelo; para gentes que viven con el corazón roto hambreando amor y amistad. Jesús no viene al altar para los justos, sino para los pecadores; no se ofrece a los sanos, sino a los enfermos. Es bueno recordarlo en la fiesta del Corpus.