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Recientemente, se han introducido en la liturgia Eucarística gestos innovadores como parte de su celebración. No dudamos de la buena intención de los que lo han hecho, pero es necesaria una recta formación litúrgica. Convendría actualizar, para beneficio de todos qué es en sí la “esencia” de la celebración litúrgica Eucarística y cómo debe celebrarse. Veamos lo que opinaba brevemente al respecto, nuestro Beato puertorriqueño Carlos Manuel Rodríguez. 

“La liturgia no es un detalle, aunque importante, sino el centro y, hasta cierto punto, el todo de la vida cristiana, por lo tanto, no es una utopía irreal lo que proponemos. Lo que los documentos de la Iglesia ofrecen es algo muy deslumbrante y espiritual y supone una fe profunda, madura y muy asimilada. Retornemos a la fuente primaria e indispensable del verdadero espíritu cristiano. Sintamos con la Iglesia en todo. 

Hay que participar a plenitud, con la inteligencia y con el corazón, con el alma y con el cuerpo, con el rezo y con el canto, es decir, con todo nuestro ser. Hay que darle meditación seria y estudio a este asunto de tan vital importancia. Aquellos que tienen mayor preparación, sean sacerdotes o seglares, deben decidirse a estudiar seriamente los documentos que a este respecto han emitido los últimos pontífices, y si es posible, leer y estudiar las obras de mayor importancia que sobre la materia han escrito los sabios y estudiosos en este campo de la liturgia. Sólo así comprenderemos de qué se trata. Es algo más que cambio de prácticas, es el cambio de toda una mentalidad”. (De los escritos del Beato Carlos Manuel Rodríguez: “Fe y vida: la liturgia, base de la vida católica “, 15 – nov -1959) 

La liturgia eucarística es el culto de glorificación suprema dada en el cielo a la Santísima Trinidad, que se actualiza en el tiempo por medio del sacrificio Redentor laudatorio, expiatorio, vicario y de acción de gracias, de valor infinito, realizado por Jesucristo en el Espíritu Santo al Padre. (Cfr. CCE. – # 1325, #1326) 

El centro de su celebración está en el sacrificio salvífico llevado a cabo por Nuestro Señor, cuya ofrenda al Padre, según los Padres de la Iglesia y el pensamiento bíblico, supone la unión del hombre y la creación con Dios. Esta pertenencia a Dios del mundo creado y regenerado en, por y para Cristo, significa salir del estado de separación, de la autonomía aparente, del ser sólo para sí mismo, en la entrega de la propia vida a Dios, hecho él mismo, sacrificio verdadero, es decir, la humanidad convertida en amor, en una donación de sí, que diviniza la creación y que es la ofrenda del universo a Dios: “A fin de que Dios sea todo en todos” (I Cor 15, 28). Esta es la meta de la creación “ser recapituladas todas las cosas en Cristo” (Ef 1, 10), y esta es la “esencia” del sacrificio y del culto eucarístico celebrado. Por eso podemos decir que la meta del culto y la meta de toda la creación es la misma: la divinización, un mundo de libertad y de amor. (Cfr. El Espíritu de la liturgia – J. Ratzinger, Ed. Cristiandad, Madrid 2001 – p. 48) 

“Debemos redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana. Para esto, es necesario comprender el misterio de Dios contenido en la liturgia (teología) y la importancia (centralidad) que tiene en la vida de la Iglesia. Hay que evitar el subjetivismo y el individualismo”, (Núm. 16, Carta Apostólica Desiderio desideravi (2022) del Papa Francisco).

Ante esta toma de conciencia de la grandeza y excelencia del mayor don posible, hecho por el Amor infinito de Dios al mundo, cabe preguntarse: ¿Qué gestos y posturas corporales serían los más indicados y acertados a usarse en la celebración litúrgica Eucarística, que por su sentido intrínseco, sobrenatural y divino es siempre solemne? 

No toda manifestación de gesto corporal es apropiada en la celebración del culto litúrgico. Los gestos propios que han de ser utilizados en la liturgia deben ser consecuentes con el asombro de aquel que se encuentra en presencia del Santísimo, quedándose con nosotros bajo las especies sacramentales del Pan y Vino consagrados. 

“Si debemos cultivar una relación personal, asidua y tan íntima con el misterio de la Eucaristía, no existe otro momento en que sea más intensa la comunión con el sacrificio de Cristo que el de la liturgia, sobre todo en la Santa Misa. De ahí la importancia capital, fieles y sacerdotes, de celebrar la Eucaristía, la principal oración de la Iglesia, con un respeto que ha de trasladarse a nuestra conducta en el modo de movernos, sentarnos, levantarnos, lavarnos las manos, inclinar la cabeza, hacer la genuflexión o arrodillarnos. En este sentido, tanto el ejemplo del sacerdote como, en general, de cuantos se reúnen en el templo para una ceremonia litúrgica es de vital importancia. Solo si tomamos y conservamos la conciencia de que ante el altar nos hallamos realmente al pie de la cruz, en presencia de Cristo muerto y resucitado por nosotros, podremos encontrar el auténtico “arte de celebrar”. No basta con el respeto a las normas litúrgicas… son necesarias también el impulso de la fe, un amor filial y una verdadera adhesión a la voluntad de Dios para que la perfección formal de la liturgia facilite el encuentro íntimo y personal con Jesús. 

De este modo la liturgia bien celebrada será realmente fuente de santificación para el sacerdote. En cambio, la negligencia en el culto divino, la improvisación o la búsqueda de creatividad en los ritos conducen a la banalización y desacralización de la liturgia y conlleva el riesgo de no hacer de ella medio de santificación del sacerdote y de los fieles”, (Catecismo de la Vida Espiritual- Card. Robert Sarah, Ed. Palabra, Madrid 2022 pp. 77-78)

Sor María Bondad del Crucificado Vargas, O.P. 

Monasterio “Madre Madre de Dios” 

Manatí, Puerto Rico 

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