«Dichosa tú. María, que creíste que se cumplirían en ti las cosas dichas por el Señor» (Lc 1, 45). 1. -La Iglesia, haciendo suyas las palabras de Isabel, dirige a María esta bellísima alabanza: «Bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán en ti las cosas que el Señor te ha dicho» (Lc 1, 45). Grande fue la fe de la Virgen que creyó sin dudar el mensaje del ángel que le anunciaba cosas admirables e inusitadas. Creyó, obedeció, y, como afirma el Concilio, refiriendo palabras de los antiguos Padres, creyendo y obedeciendo «fue causa de la salvación propia y de la del género humano entero… Lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe» (LG 56). Fiada en la palabra de Dios, María creyó que sería madre sin perder la virginidad; creyó -ella tan humilde- que sería verdadera Madre de Dios, que el fruto de su seno sería realmente el Hijo del Altísimo. Se adhirió con plena fe a cuanto le fue revelado, sin dudar un instante frente a un plan que venía a trastornar todo el orden natural de las cosas: una madre virgen, una criatura Madre del Creador. Creyó cuando el ángel le habló, pero continuó creyendo aún cuando el ángel la dejó sola, y se vio rodeada de las humildes circunstancias de una mujer cualquiera que está para ser madre. «La Virgen -dice San Bernardo- tan pequeña a sus ojos, no fue menos magnánima respecto a su fe en las promesas de Dios: ni la menor duda sobre su vocación a este incomparable misterio, a esta maravillosa mudanza, a este inescrutable sacramento, y creyó firmemente que llegaría a ser la verdaderamente madre del Hombre-Dios» (De duod. praer. B.V.M. 13). La virgen nos enseña a creer en nuestra vocación a la santidad, a la intimidad divina; hemos creído en ella cuando Dios nos la ha revelado en la claridad de la luz interior confirmada por la palabra de su ministro; pero hemos de creer también en ella cuando nos encontramos solos, en las tinieblas, en las dificultades que pretenden trastornarnos, desanimarnos. Dios es fiel y no hace las cosas a medias: Dios llevará a término su obra en nosotros con tal que nosotros nos fiemos totalmente de él. 2. -«También la bienaventurada Virgen- afirma el Concilio- avanzó en la peregrinación de la fe… una fe sin mezcla de duda alguna (LG 58. 63), pero al fin y al cabo fe. Muy lejos estaría de la verdad quién pensase que los misterios divinos fueron totalmente manifiestos a la Virgen y que la divinidad de su Jesús fuese para ella tan evidente que no tuviese necesidad de creer. Exceptuada la Anunciación y los hechos que rodearon el nacimiento de Cristo, no encontramos en su vida manifestaciones sobrenaturales de carácter extraordinario. Ella vive de pura fe, exactamente como nosotros, apoyándose en la palabra de Dios. Los mismos divinos misterios que en ella y en torno suyo se verifican, permanecen habitualmente envueltos en el velo de la fe y toman al exterior el giro común a las varias circunstancias de la vida ordinaria; más aún: frecuentemente se ocultan bajo aspectos muy oscuros y desconcertantes. Así por ejemplo, la extrema pobreza en que nació Jesús, la necesidad de huir al destierro para salvarle a él -Rey del Cielo- de la furia de un rey de la Tierra, las fatigas para procurarle lo estrictamente  necesario y, a veces, hasta la falta de ello. Pero María no dudó jamás de que aquel Niño débil e impotente, necesitado de cuidados maternos y de defensa como cualquier otro niño, fuese el Hijo de Dios. Creyó siempre, aun cuando no entendía el misterio. Así fue, por ejemplo, en la repentina desaparición de Jesús cuando, a la edad de 12 años, se quedó en el templo sin ellos saberlo. San Lucas advierte que cuando el Niño explicó el motivo alegando la misión que le había confiado el Padre celestial, María y José «no comprendieron lo que les decía» (Lc 2, 50). Si María sabía con certeza que Jesús era el Mesías, no sabía, sin embargo, el modo cómo cumpliría su misión; de ahí que por el momento no entendió la relación que había entre su permanencia en el templo y la voluntad de Dios. Con todo, no quiso saber más: sabía que Jesús era su Dios y esto le bastaba; estaba segura, totalmente segura de él. El alma de fe no se detiene a examinar la conducta de Dios y, aun no comprendiendo, se lanza a creer y a seguir ciegamente las disposiciones de la voluntad divina. Algunas veces en nuestra vida espiritual nos detenemos porque queremos entender demasiado, indagar demasiado los designios de Dios sobre nuestra alma; no, el Señor no nos pide entender, sino creer con todas nuestras fuerzas. ¡Oh Virgen soberana!… Vos sois bienaventurada (Lc I. 46), porque creísteis, como dijo vuestra prima: y sois bienaventurada, porque trajisteis en vuestro vientre al Salvador; y mucho más bienaventurada, porque oísteis su palabra y la guardasteis. También sois bienaventurada con las ocho bienaventuranzas que vuestro Hijo predicó en el Monte (Mt 5, 3); sois pobre de espíritu, y es vuestro el Reino de los Cielos: sois mansa y poseéis la tierra de los vivos; llorasteis los males del mundo, y así sois consolada; tuvisteis hambre y sed de justicia, y ahora estáis harta; sois misericordiosa, y alcanzasteis misericordia; sois pacífica, y así por excelencia sois hija de Dios; sois limpia de corazón, y ahora estáis viendo claramente a Dios; padecisteis persecuciones por la justicia, y ahora es vuestro el reino de los Cielos, como reina suprema de todos sus moradores. ¡Oh Reina soberana! Gózame que seáis bienaventurada por tantos títulos. Oh, si todas las naciones del mundo se convirtiesen a vuestro Hijo, y os llamasen con grande fe bienaventurada, imitando aquí vuestra vida, y gozando después de vuestra gloria! (L. DE LA PUENTE, Meditaciones, II,12, 3). ¡Oh María!, creyendo al ángel que te aseguraba que, sin cesar de ser virgen serías madre del Señor, trajiste al mundo la salvación. Tu fe abrió a los hombres el paraíso,… ¡Oh Virgen!, tú tuviste mayor fe que todos los hombres y que todos los ángeles. Veías a tu Hijo en el establo de Belén, y creías que era el Creador del mundo. Lo veías huir de Herodes, y no dejabas de creer que era el Rey de los reyes. Lo viste nacer, y creías que era eterno. Lo viste pobre, necesitado de alimento, y sin embargo creías que era el señor del mundo; reclinado sobre la paja, y creías que era omnipotente. Viste que no hablaba y creíste que era la Sabiduría infinita. Lo escuchabas llorar, y creías que él era el gozo del paraíso. Lo viste en su muerte vilipendiado y crucificado, pero aunque vaciló la fe de los demás, la tuya permaneció firme creyendo en que el era Dios… Virgen santa, por los merecimientos de tu grande fe consígueme la gracia de una fe viva: «Señora, aumenta en nosotros la fe»

(S. ALFONSO M. DE LIGORIO, Las glorias de María, II, 3, 4).

(Obispado de Arecibo)

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