Claro que no hablo de hípica.  Abordo situaciones humanas.  Sobre todo, esas situaciones que son causadas, en último término, porque la persona no entra en autocrítica.  Ese examen de conciencia, o de actitudes, debe primar en la solución feliz de tranques en la relación.  Uno siempre va, como dicen, ‘con el dedo parao’.  Acusando a la otra persona.  Hay que comenzar con el dedo hacia uno. La pregunta clave, al comenzar el análisis de situaciones incómodas sería: Dónde yo, sin quererlo y sin malicia propia, ¿lo estoy dañando?  Porque tú siempre puedes esforzarte por cambiarte a ti mismo.  Nunca podrás cambiar al otro.

Es lo que pienso al encontrar parejas, lo que tristemente ocurre cada vez más, que vienen al taller en un segundo, tercer, o incluso cuarto matrimonio.  Reconozco que uno pueda tener mala suerte o pésimas decisiones, en un primer compromiso. Y eso, aunque se tome después de cursos preparatorios. Pues dicen que el amor ciego, pero el matrimonio te abre los ojos.  El problema es abrir los ojos cuando se carga un compromiso serio.  Y más triste si se realizó ante Dios y la comunidad creyente como sacramento.  Siempre te puede pasar algo.  Lo que intriga es que esa persona, ya en una segunda relación o incluso en la tercera, sigue teniendo ‘esa mala suerte’.  No me parece que sea mala suerte.  Examina qué es lo que sucede en ti que siempre caes en lo mismo, aun con parejas diversas.  Es como el jinete que nunca logra un buen trote con su caballo.  ¡¡La culpa no es ya del caballo, sino del jinete!!

Es el momento para examinar qué me está faltando a mi para cabalgar, que, con todos los caballos, por más diversos que sean, siempre cometo el mismo error.  No sabes cabalgar.  Aprende primero.  No es que estás salao.  Hay algo en ti que te inadecua para vivir una buena relación.  Me recuerda la anécdota de un papa a quien una personalidad católica visitaba, quejándosele de todos los males de la Iglesia, o de sus ministros.  Y el papa le replicó: “! Mire, procuremos ud. y yo ser mejores católicos, ¡y al menos habrá dos sinvergüenzas menos en el catolicismo!”.  Empieza por ti.  Porque la culpa es huérfana y es fácil encontrar a quien encasquetársela. “Si el sapo salta y se ensarta la culpa no es de la estaca!”

Hay dos tipos de faltas: las faltas-faltas y las faltas- síntomas.  La primera abarca las debilidades humanas, los talones de Aquiles que todos calzamos, y algunos varios ¡talones!  En una ocasión, deprimido tal vez por un berrinche casero, dos copas encima, encuentro la chica fácil en la barra y terminamos en la cama.  Es falta-falta.  Mala, sin duda.  Las circunstancias te atraparon.  Otra cosa es que, en varias ocasiones, sin excusa externa, estés mirando de más, tirando maíz para ver que pollo cae… Esa es falta-síntoma: algo torcido hay en ti que con facilidad te inclina a esa conducta.  Eso ya es mucho más peligroso.  Y la persona a quien se ha deshonrado con el adulterio, debe tenerlo en cuenta a la hora de trabajar juntos un perdón. Y de nuevo: la culpa no es del caballo, de tu esposo o esposa débil. Hay un virus en ti que sin mucho esfuerzo se multiplica y mata el organismo.

David, aunque por sus circunstancias históricas vivía en otras coordenadas, era persona respetuosa del Dios altísimo.  Tenía, en esa sociedad polígama, en ese momento, varias mujeres ofíciales del rey.  Además, como rasgo de boato adicional, contaba con un número de ‘concubinas oficiales’.  Pero cayó en una ristra de pecados serios deslumbrado por la belleza de Betsabé.  Lo tacharía de falta-falta, que lloró amargamente, y recibió castigo de Dios.  Nabuco era el babilonio engreído que se proclamaba dios, para obrar a su antojo.  Es falta-síntoma de algo terrible.  Examina, en tus desastres matrimoniales, si necesitas enrolarte en un curso de amazonas o de jinetes.  Es tu tarea; ¡el gobierno no lo provee!

 

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here