Cuando pensamos en San Francisco de Asís solemos imaginar al hombre pobre, alegre, amigo de los animales y hermano de todos. Pero detrás de esa vida tan libre y sencilla, hubo una fuerza interior que lo transformó y le dio dirección: la Palabra de Dios. Francisco no se acercó a la Biblia como un erudito, ni como un monje aislado en un monasterio. Tampoco se limitó a repetir lo que otros decían. Él la recibió como un camino de vida, como una voz que lo interpelaba en lo más profundo de su corazón.
En el siglo XIII la Biblia se interpretaba de distintos modos: Los monjes buscaban en ella la edificación espiritual en la soledad del claustro. En las escuelas catedralicias, los maestros la estudiaban con rigor intelectual, con comentarios, glosas y dialéctica. Los movimientos evangélicos la proclamaban como llamada a renovar la Iglesia desde la pobreza y la vida apostólica. Francisco, sin embargo, no se sintió cómodo en ninguno de estos espacios. Su lugar de
lectura fue otro: los márgenes de la sociedad, junto a los pobres y los leprosos. Allí la Biblia se le volvió viva, no como un libro de estudio, sino como un espejo donde reconocer a Cristo crucificado.
Los testimonios de sus primeros compañeros dicen que Francisco leía la Escritura con ciertas claves muy concretas: Cristológica: se identificaba con Jesús, sobre todo con el Cristo pobre y crucificado. Afectiva: la Palabra no era fría, lo tocaba y lo conmovía. Existencial: iluminaba la vida concreta, no las teorías. Sorprendente: el Espíritu le hablaba de manera imprevisible, abriéndole caminos nuevos. Eclesial: nunca fuera de la Iglesia, siempre en comunión con ella. De hecho, cuando buscó saber qué quería Dios de él y de sus hermanos, Francisco no inventó un plan propio: abrió el Evangelio y lo tomó al pie de la letra. “El Señor me dio hermanos”, dice en su Testamento. Y con ellos decidió “vivir según la forma del santo Evangelio”, confirmada después por el Papa.
Los textos bíblicos que marcaron su camino fueron claros: Mateo 19, una llamada a la pobreza; Mateo 16, un servicio humilde y la minoridad; Lucas 9, la fraternidad y la misión itinerante. Así nació la fraternidad franciscana, no como un proyecto humano, sino como respuesta compartida al Evangelio. Más que unirse por una respuesta ya dada, se unieron por una búsqueda común: vivir la Buena Noticia en medio del mundo.
El modo de leer la Biblia de San Francisco nos interpela. No basta con conocerla como información; tampoco es un libro reservado a especialistas. La Palabra de Dios quiere ser camino de vida. Nos pide escucharla con pasión y humildad, dejar que ilumine nuestras experiencias concretas, vivirla en comunidad, no en solitario y hacerla carne en la relación con los pobres y descartados de hoy. Más importante que el contenido aislado de un versículo es el recorrido que hacemos con él: desde dónde leemos, qué preguntas llevamos, cómo dejamos que transforme nuestra vida.
Francisco nos muestra que el Evangelio no es un libro que se queda en la sacristía, en la biblioteca o la mesita de noche, sino una fuerza que impulsa a salir al mundo. Él se dejó guiar por la Palabra y esa Palabra lo hizo hermano, pobre y alegre. Hoy también nosotros podemos redescubrir en la Biblia un camino de fraternidad, misión y esperanza. Abrirla con corazón sencillo, leerla en comunidad, confrontarla con la realidad de los pobres, dejar que nos sorprenda. Solo así, como Francisco, podremos decir que la Palabra no es letra muerta, sino vida en abundancia.

La Biblia en la vida de San Francisco de Asís: Palabra que se hace camino
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