Malaquías nos sentencia que Dios castigará a todos aquellos que cometan la maldad, pero que protegerá a todos aquellos que practiquen la justicia.
Hoy, en la Segunda Carta a los Tesalonicenses, San Pablo nos presenta la famosa sentencia de “El que no trabaja, tampoco coma”.
Ya en las postrimerías de su ministerio en la tierra, Jesucristo nos presenta cómo será la justicia divina al final, de los tiempos, tal como nos lo presenta San Lucas.
¡Justicia divina!, un término que nos da un poco de estremecimiento cada vez que lo escuchamos, porque nos imaginamos la ira de Dios como fuego que viene del cielo para caer y quemar la tierra al final de los tiempos. Muchas veces, cuando queremos meterle miedo a la gente, invocamos la justicia divina como ese castigo terrible. Pero, veamos los que nos dice la palabra de Dios en este penúltimo domingo del Año Litúrgico.
El profeta Malaquías nos presenta a Dios como el dios vengativo y justiciero. Siguiendo toda la lógica del antiguo testamento, Dios ha mostrado su voluntad para con el pueblo de Israel. Esta voluntad es que Dios es el dios de la santidad, el dios de la justicia, el dios de la misericordia. A través de Moisés y luego, a través de los profetas, Dios ha indicado que es enemigo de la injusticia y de la impiedad, que es el enemigo del abuso, del atropello y el abuso. Es por eso que, el pueblo de Israel sabe de sobra cómo Dios quiere que nos conduzcamos en esta vida. Es por eso que no tolerará a quien haya obrado mal. Dios es el dios que conoce a cada uno de nosotros y, en el momento del juicio, dará a cada cual lo que a cada cual le toca.
Más o menos por esa línea va San Pablo. Las dos cartas a los tesalonicenses son los dos libros más antiguos del nuevo testamento, que nos presenta a un Pablo temprano en su predicación, que creía inminente la segunda venida de Jesucristo. Pero, se da cuenta de que, con la creencia de que Jesucristo estaba por venir, algunos de la comunidad cristiana se habían echado para atrás y no trabajaban, pensando de que Jesucristo venía pronto y por tanto, no había necesidad para ello. San Pablo los corrige, indicando que nunca debemos de dejar de ser cristianos auténticos, que, hasta el último momento, tenemos que dar testimonio de Cristo con una vida de entrega, de servicio y santidad, lo cual incluye el trabajar como testimonio de vida.
Como ya hemos indicado muchas veces, una vez entrado en Jerusalén, Jesucristo habla del juicio final y de su segunda vuelta. Pero, en vez de dar el énfasis de castigo que nos presenta Malaquías en la primera lectura de hoy, Cristo habla de que saldrá en defensa de todos aquellos que le hayan sido fiel en esta vida. Cristo nos conoce, sabe quién le ama y quién le es fiel y es por eso que saldrá en su defensa. Estas palabras de Jesucristo nos deben de servir de estímulo para nosotros hacer las cosas tal y como Cristo quiere que las hagamos. Y ya las sabemos, Cristo nos las ha dicho muchas veces, empezando por el sermón de la montaña, el programa de vida del cristiano, y podemos hacerlas también, porque Jesucristo nos envía su Espíritu para poderlas realizar.



