Nos acercamos al final del año litúrgico. La Palabra de Dios nos invita a mirar hacia el final no con miedo, sino con esperanza. Jesús habla del fin del templo de Jerusalén, de guerras y terremotos, pero no para asustar, sino para despertar nuestra fe.
Las palabras apocalípticas de Jesús son como una sacudida que nos recuerda que todo lo que es pasajero se derrumba, pero la presencia de Dios permanece para siempre. En medio de los cambios y crisis de la historia, el cristiano está llamado a mantenerse firme en la esperanza.
Los discípulos admiraban la belleza del templo: las piedras, las ofrendas, la grandeza de aquella obra. Pero Jesús les dice: “Vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra”. Esta frase nos invita a examinar en qué hemos puesto nuestra seguridad: ¿en lo material? ¿en las estructuras?, ¿en las apariencias? Todo eso pasa. Solo el amor permanece. Solo Dios no pasa. La historia humana se sacude, las instituciones cambian, los tiempos se transforman, pero la fidelidad del Señor es eterna.
Jesús no oculta las dificultades: persecuciones, conflictos, traiciones. Pero promete algo más fuerte: “Yo les daré palabras y sabiduría que sus adversarios no podrán refutar.” El cristiano no está exento del sufrimiento, pero no está solo. El Espíritu Santo nos sostiene en medio de la prueba. En este contexto jubilar, la Iglesia es llamada a ser testigo de esperanza entre los pueblos, no con palabras vacías, sino con la vida que confía en el Señor en toda circunstancia.
La perseverancia es la forma madura de la fe. No basta comenzar el camino; hay que mantenerse firmes hasta el final. Ser discípulo de Cristo en estos tiempos —de confusión, de polarización, de desánimo— exige una fe probada y una esperanza activa. La perseverancia es fruto de una oración constante, de una comunidad que apoya, y de una confianza radical en el Señor. Perseverar es creer que Dios sigue actuando aun cuando todo parece derrumbarse.
En este Año Jubilar de la Esperanza, nuestra Diócesis de Ponce celebra 100 años de historia. Hemos pasado también por momentos difíciles, “sismos” pastorales y “terremotos” sociales, pero seguimos en pie, porque Cristo es nuestro fundamento. El templo puede caerse, las estructuras cambiar, pero la Iglesia viva —el Pueblo de Dios— permanece firme en la fe y en la misión.
Sigamos siendo una Iglesia perseverante y esperanzada, que anuncia el Evangelio con alegría y confía en la promesa del Señor: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.”



