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Vivimos en un tiempo convulso, cargado de tensiones y conflictos por doquier. En el mundo contemplamos con estupor y dolor el drama de la guerra en Ucrania y Tierra Santa. El llamado medio oriente es un volcán en erupción, donde la tensión entre palestinos e israelíes amenaza la estabilidad de la región. La vorágine del odio entre los habitantes de la histórica Palestina es creciente y pareciera intensificarse ante la ausencia de voluntad de las partes por reconciliarse.

Somos parte de una humanidad dividida por razones raciales, sectarias, políticas, ideológicas y económicas. El estado de guerra es permanente en la mayoría de las naciones. Ello aumenta la polarización y genera reacciones populistas y radicalizadas que impiden edificar unas relaciones fraternas y constructivas. 

Nuestro entorno borincano no está exento de esta realidad dolorosa. También asistimos a un embate de fuerzas polarizantes y destructivas de nuestra convivencia social. Lo padecemos en el tipo de campañas electorales que hemos vivido recientemente y que parece ser nos acompañarán en lo que queda de año hasta el evento electoral de noviembre. En lugar de plantear ideas y proyectos realistas para enfrentar los asuntos relevantes de nuestra sociedad, se debaten en lanzar insultos, ofensas y agravios contra el adversario cual si fuera el enemigo que hay que destruir. 

Las instituciones que son resorte de nuestra convivencia son amenazadas, denunciadas y expuestas como fieras al acecho. Se ha perdido el respeto a la dignidad que representan y a la función que ejercen como defensa de la integridad y libertad de pensamiento. Los medios de comunicación, las comunidades creyentes, los tribunales de justicia son hoy sospechosos de parcialidad y de llevar una agenda contra lo que pretende imponerse desde ciertas instancias de poder. Estos son en realidad los que defienden razonablemente la verdad ante la manipulación, la honestidad frente a la corrupción de las costumbres y la dignidad de la persona ante su utilización interesada.

Tenemos que recuperar nuestra humanidad. Es volver a poner la persona humana como fin y no como medio. Es afianzar que el ejercicio de cualquier poder o autoridad sólo es legítimo si está al servicio de la integridad de la persona y su dignidad inviolable. Bien advirtió Jesús, “Saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen”, (Mt 20, 20). 

 A lo largo de la historia, quien ostenta el poder, se encuentra con una de las drogas más destructivas. Es tristemente lo que contemplamos provoca el desastre y horror que viven los pueblos en guerra. El afán de poder y la pretensión de dominio sobre otros genera el conflicto y la muerte. Jesús nos llama a otro talante. Nos convoca a la reconciliación, al perdón y al servicio generoso. Cuántos testimonios de amor fecundo no han dado los discípulos de todos los tiempos. Una mujer viuda porque su marido fue asesinado, daba de comer al asesino de su hijo en plena guerra civil española, solo porque su fe le llevaba a perdonar. Uno perdonó ante la cruz al asesino de su padre en la guerra de Irlanda del Norte, porque Jesús pide que perdonemos y amemos. Es el camino hacia la paz. Sigámoslo.

Padre Edgardo Acosta

Para El Visitante