Ira vs. Paz (Cuarto de varios)

Todo oído conoce la diferencia entre la garganta del iracundo y el pacífico. Uno es como el viento huracanado y el otro como la brisa suave. Uno es el puño intimidante que amenaza y otro es la caricia que consuela. Uno destruye todo a su paso imponiendo la guerra y el otro busca edificar un hogar entre los escombros proponiendo la paz… Y sí, un iracundo puede hacer muchísimo más daño que el bien que hace una docena de pacíficos. Luego, las huellas no son tan simples de borrar.

Impotencia, frustración, incapacidad e intolerancia son solo algunos de los síntomas de la ira. Por esto la historia de la humanidad, desde la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, está llena de historias de guerras, traición, genocidios, venganza y conflictos. Ciegos por la ira y sedientos de sangre Caifás y el Sanedrín buscaban solo un pretexto para darle muerte a Cristo. La clave ya la dio el Cordero de Dios: Shalom, -la paz sea con ustedes-. 

La ira es un sentido emocional de desagrado generalmente por antagonismo o contradicción que se materializa en un daño al otro, en un descontrol de uno mismo contra otra persona o contra Dios. Consecuencias de la ira son la intolerancia social, en la política, en las instituciones, en el tráfico, en las manifestaciones y protestas, en el matrimonio y la familia. La ira producto de la impotencia ante la muerte de un ser querido también encuentra salida contra Dios. 

La ira está asociada directamente al respeto a la vida humana y el Sermón de la Montaña (Mt 5, 21) -carta magna del Cristianismo- recuerda el sagrado precepto del quinto mandamiento que incluye el homicidio, el asesinato, el aborto, el suicidio y la eutanasia (Catecismo, 2258-2283). Además, Jesús invitó a amar a los enemigos y orar por ellos en total rechazo a la ira (Mt 5, 44).

La paciencia es la virtud que se antepone a la ira. Tener paciencia se dice fácil, pero, es como una ciencia y hay que trabajarla para demostrar el mandamiento nuevo que versa: ámense los unos a los otros, como yo les he amado (Jn 13, 34). No se trata de ser pasivo y permitir el maltrato, sino es la virtud con la que se reconoce un mejor porvenir sin necesidad de perder el control, en el manejo del actuar con serenidad. Esto requiere la no simulación, la convicción absoluta, la fraternidad y doblegar las luchas con el auto control. Sobrellevar los defectos del prójimo con paciencia es una obra de misericordia.

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

Twitter: @Enrique_LopezEV 

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