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En la espiritualidad ignaciana la indiferencia es el estado óptimo del que desea “en todo buscar y hallar la voluntad divina”.  Porque, ante la duda de lo que Dios quiere de mí, me quedo en el medio, no me inclino a una cosa ni a otra, hasta que perciba la señal divina que me orienta por alguno de los dos extremos. Es don espiritual, porque normalmente nos inclinamos a lo que nuestros deseos o instintos buscan, cuando aún no tenemos la señal divina de lo que Él nos pide.

Pero en el matrimonio la indiferencia es un estado de postración emocional, indicio de que ya la pareja está corroída, de que la relación está muerta, de que la separación emocional ya solo necesita la firma de un juez para proclamar divorcio.  Recuerda un poco aquello del Apocalipsis “como no eres ni frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca”.   La pareja que esté viviendo esto debe sacudirse cuanto antes la modorra para buscar ayuda.  Ya lo dice el bolero: “Odio quiero más que indiferencia”.  Prefiere el cantor el odio de la amada a que le muestre ese “me da lo mismo” o “a mí plin”.

Es triste que la esposa pase desnuda cerca del esposo y este se comporte como si un mosquito le zumbara por los oídos para perderse en la oscuridad de la habitación.  O aquella viejita que, estando fuera de la cocina el esposo porque sacaba la basura, ¡cierra la puerta con llave y se mete en la cama!  Me contaba una esposa: “Tenía yo que ir al hospital para unas pruebas; era probable que tuviera cáncer.  Mi marido no me llevó, regresé a mi casa en taxi.  ¿Han pasado varios meses y esta es la hora que él no me ha preguntado en qué quedaron aquellas pruebas que te hiciste?” 

La indiferencia indica que esa persona no significa nada especial para ti.  Lo contrario a lo que es el matrimonio.  Porque se da el matrimonio cuando encuentras una persona es tan significativa para ti como persona, que serías un tonto si la dejas pasar de tu lado.  Por eso San Agustín decía, a otro propósito “Temo a Jesús que pasa y no vuelve la cabeza”.  El bolero tiene razón.  Prefiero que me odien, porque así veo que tengo un enemigo que me teme, que me sacude, que me confronta hasta el punto de querer que desaparezca.  Pero la indiferencia me ningunea.

Una de las cuatro jinetas del apocalipsis en el matrimonio que anota el sicólogo Gottman es la “cara de piedra”: “El marido exacerba la negatividad de su esposa, cuando cae en los cuatro jinetes del apocalipsis (crítica, desprecio, defensivo, cara de piedra)”.  Es quedarme como si nada, que “ahí me las den todas”.  Es no hacer caso, “puedes seguir hablando que a mí no me importa; me unté de mantequilla”.  Eres un mueble, una bocina que lanza sonidos al aire y no hay quien preste atención.  Precisamente uno de los dolores de la soledad es no tener a alguien a lado con quien comentar o con quien pelear.  Pero aquí no se mueve nada.  Es como estar dando vueltas en Plaza con decenas de personas que te pasan por el lado y nadie te saluda, ni siquiera te mira.  Es el vacío.  El punto más bajo de una depresión es cuando te convences de que eres un cero en el mundo, de que el túnel no tiene luz ni final.  Es el precipicio que puede terminar en un suicidio.

En Génesis Dios decía “no es bueno que el hombre esté solo”.  Y vino la mujer para “romper la soledad y el miedo con amor”.  Por eso la indiferencia de que hablamos es el reverso del don divino para la pareja.  Es aquella esposa que pasaba la noche acostada en la alfombra de la sala oyendo una y otra vez la canción de José-José “el amor se acaba”.  Su esposo estaba en sus aventuras.  Ella no importaba.  No me extraña que el final de todo fuese un divorcio legal.  Si lo que expreso define tu situación, busca rápido la ayuda para salir del hoyo.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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