La Iglesia ofrece al ser humano la Buena Nueva de Dios, fiel a la misión que le encomendó Cristo, quien “procedía por el mundo haciendo el bien, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38). Tal referencia establece los fundamentos del lugar de inclusión que tienen los hermanos privados de la libertad a la hora de ser receptores del mayor servicio que ofrece la Iglesia por un Dios de Amor que brinda justicia a los oprimidos, ofrece pan a los hambrientos y libertad a los cautivos (Sal 146,7 y 68,7).

En esa misma dirección, la referencia que ofrecen tanto el Evangelio de San Lucas {cuando Jesucristo lee el pasaje del profeta Isaías: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos (Lc. 4,18)} como el tercer versículo del capítulo 13 de la Carta a los Hebreos ilumina el proceder de la Iglesia hacia los confinados: Acordaos de los presos como si estuvierais encadenados con ellos.

Y así la Iglesia se convierte en portadora de esperanza del Cristo resucitado a través de la Pastoral Penitenciaria, dirigida hacia las personas que están presas. Con esta pastoral la Iglesia manifiesta justicia, acompañamiento al confinado con la fuerza liberadora del amor, a la luz del Evangelio. Tal fundamento fue expresado con claridad por San Juan Pablo II en su mensaje para el Jubileo en las cárceles en el año 2000:

Quien se encuentra en prisión piensa con nostalgia o con remordimiento en los tiempos en que era libre, y sufre con amargura el momento presente, que parece no pasar nunca. La exigencia humana de alcanzar un equilibrio interior también en esta difícil situación puede encontrar una ayuda decisiva en una fuerte experiencia de fe.

[…] Para hacer más humana la vida en la cárcel, es muy importante prever iniciativas concretas que permitan a los detenidos desarrollar, en cuanto sea posible, actividades laborales capaces de sacarlos del empobrecimiento del ocio. Así se les podrá introducir en procesos formativos que faciliten su reinserción en el mundo del trabajo al final de la pena. No hay que descuidar, además, el acompañamiento psicológico que puede servir para resolver aspectos problemáticos de la personalidad. La cárcel no debe ser un lugar de deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención.

Para alcanzar este objetivo será seguramente útil ofrecer a los reclusos la posibilidad de profundizar su relación con Dios, como también de involucrarlos en proyectos de solidaridad y de caridad. Esto contribuirá a acelerar su recuperación social, llevando al mismo tiempo el ambiente carcelario a condiciones más vivibles.

(Carlos Cana)

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