El Nacimiento de Jesús es una celebración de gozo. El hecho que Dios se haya hecho hombre y entrado en nuestra vida humana se demuestra en el ícono de la Natividad. Todos los detalles del ícono se relacionan con su presencia. Esta presencia brilla radicalmente con la apertura de la cueva oscura donde Él nació. Este contraste se ve con frecuencia en los escritos Patrísticos en términos de la luz espiritual del nacimiento de Cristo que irradia a través de las sombras de la muerte que envuelven al hombre. El hueco negro de la cueva, simbólicamente, es precisamente este mundo caído donde el “Sol de justicia” amanece, este mundo donde la “Luz de la sabiduría” ha iluminado.

La Virgen María aparece semi sentada, apoyada en una cama con estilo de hamaca usada comúnmente por los judíos de antiguo cuando viajaban. Es sorprendente la ausencia del sufrimiento usual de cuando se da a luz que, iconográficamente, indica el nacimiento de Cristo de una Virgen.
Como dice en el Evangelio, toda la humanidad está llamada a este evento. Los Magos de Oriente (que vienen a caballo) representan a los sabios y eruditos, y los pastores representan a los humildes del mundo.

Una multitud de ángeles dan gloria a Dios y anuncian la buena noticia a la humanidad.

En el ícono, varios episodios se agrupan juntos y simultáneamente se muestran. En la esquina izquierda inferior, vemos a José sentado angustiado y pensativo, mientras que el diablo, bajo la figura de un hombre anciano y encorvado, le sugiere nuevas dudas e interrogantes. En la esquina opuesta, se ven dos mujeres bañando al recién nacido, demostrando la verdadera humanidad de Jesús.

Toda la creación participa del nacimiento del Salvador. En la cueva, el niño es cuidado por la mula y el buey. Los Evangelios no nos hablan de estos, pero todos los íconos de la Natividad nos lo presentan manifestando el cumplimiento de la profecía de Isaías: “El buey reconoce a su dueño y el burro el establo de su amo”, (Is 1, 3). La montaña se usa de trasfondo en este evento. No refleja el terreno propio de Belén de Judá, pero traza un paralelo con la oración del profeta Habacuc: “Dios viene de Temán, el Santo del monte Farán. Su majestad cubre los cielos, la tierra está llena de su gloria”, (Hab 3, 3).

Un detalle final es el árbol delante de José, como símbolo del tronco de Jesé. En palabras del profeta Isaías: “Saldrá un brote del tronco de Jesé, un retoño brotará de sus raíces. Sobre él se reposará el espíritu del Señor”, (Is 11, 1-2).

Oremos con el Tropario (himno) bizantino de Navidad: “Tu nacimiento, oh Cristo nuestro Dios, iluminó al mundo con la luz de la sabiduría, pues los que adoraban a los astros, por la estrella, aprendieron a adorarte, oh Sol de justicia, y a conocerte Oriente de lo alto, oh Señor, Gloria a Ti”.

(Hno. Máximo (Jorge) Macías)

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