Nos robó la sombra y el frescor. Nos robó el paisaje y el color de la Isla. Fue un huracán sin corazón. Retó a todo lo que se cree fuerza y venció. Como el forcejeo de dos brazos el nuestro cayó sobre la mesa sin remedio. Lo único bonito que tenía era el nombre. Pediremos que se lo cambien.

Ahora millones de árboles cadáveres claman al cielo como el justo Abel. Vendrá la putrefacción de la madera gimiendo por la vida, la pestilencia de las hojas secas y podridas. Y si llueve vendrán las bandadas de mosquitos como ejército que remata.  Eso ha sido el huracán María. Como el Nabuco que se creía divino y despertó animal de cuatro patas, despertamos del sueño de lo cómodo para empezar de nuevo. Sísifo ha sido el icono de este pueblo y otra vez volveremos a subir la piedra hasta la cima. Empezamos de cero. Ojalá que para construir un mejor destino. Sé que la flora despertará de nuevo lujuriosa. Los plátanos no se darán por vencidos.

¿Qué de bueno aportó? Hacernos solidarios. Saltaron las rejas que creamos por miedo a los demás. Se abrieron los encierros de las urbanizaciones donde dormíamos tranquilos, como el prisionero en su celda. Nació de nuevo el trueque: te doy el cable de mi planta eléctrica, me das la carne asada que mañana se pierde; te doy mi conversación “no sabía ni quién eras”. Nació de nuevo el cuento de sobremesa, el juego que no depende de lo eléctrico, sino del dado que corre sobre la mesa. Lucieron de nuevo las estrellas que la ciudad cegó con su propia luz artificial. Como el famoso apagón de Nueva York ahora también volvemos a ser hombres.

Ganamos en sufrimiento. La tecnología nos había pegado a las pantallas y a lo cómodo de la noticia subitánea. Sabemos que hay calor si no corre la brisa; ahorrar el chorro de agua que ya no brota generoso desde el grifo. Probamos que es verdad aquello que decían “en África mueren millones por hambre y nosotros por colesterol”. San Pablo en Hebreos grita que “sin efusión de sangre no hay redención”. Así la consiguió nuestro Redentor. Aprendemos a seguirle en lo poco.  Una civilización muelle se muere por obesidad; no viene mal la restricción de alimentos para probar que también así se puede ser muy humano.

Aprendemos también que pecamos al no respetar nuestra ecología o consentir en mala planificación de la ciudad. Aprendimos que la prevención amate la catástrofe debe ser parte de nuestro continuo aprendizaje si queremos construir ciudades saludables. Sufrimos la escasez y la perversión increíble de algunos que por ganar 50 dañan 3,000. Palpamos nuestra fragilidad humana en los enfermos y ancianos perdidos como náufragos en el mar. Lloramos el haber sido corruptos consintiendo en lo mediocre sin medir consecuencias o por la gratificación inmediata con maldades profundas. Y sernos prueba una vez más el refrán de que “no hay mal que por bien no venga”.

(P. Jorge Ambert, SJ)

(CNS | Photo)

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