Padre Obispo Rubén clama por la dignidad de la mujer y por un contundente no a la corrupción y los que la representen.

La corrupción, la construcción de un país con el valor de la fe, la dignidad de la mujer y los pobres fueron algunos de los temas que abordó Padre Obispo Rubén A. González Medina, CMF, Obispo de la Diócesis de Ponce, durante la fiesta por la Emperatriz de América y Patrona Diocesana en las tradicionales mañanitas celebradas la mañana del 12 de diciembre en Ponce.

Aquí la homilía completa del Obispo de Ponce, durante la fiesta por Nuestra Señora de Guadalupe en Ponce:

“Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”, (Apocalipsis 12, 1).

En el mes de diciembre de 1531, diez años solamente después de conquistada Tenochtitlan por los españoles, la Virgen Santísima se apareció al indígena Juan Diego en el cerro del Tepeyac. Lo nombró su embajador ante el Obispo, Fray Juan de Zumárraga, para que le construyera un templo. La prueba de que las palabras de Juan Diego eran ciertas fueron las rosas que llevó en su tilma y la preciosa imagen que apareció dibujada en ella.

Desde ese día, la Virgen de Guadalupe se convirtió en un signo de esperanza para todos los que formamos parte de la patria grande de América latina y del Caribe.

Hoy también para nosotros en nuestra ciudad señorial de Ponce, la Virgen de Guadalupe se vuelve un signo. Y los signos, en nuestra espiritualidad cristiana, señalan rumbos a seguir, y, al mismo tiempo, exigencias para poder emprender ese camino. Por ejemplo, el signo del Mar Rojo expresaba la ruta de libertad y de esperanza que Dios quería abrir para su pueblo, aunque pareciera imposible de atravesar, y, a la vez, expresaba cuán necesario era perder el miedo y dejar de mirar atrás, hacia Egipto, por grandioso que fuera aquel imperio, el más grande de la tierra en ese momento.

El acontecimiento guadalupano, es, ante todo, un signo de la manifestación de Dios, que nos recuerda que no se puede construir historia sin la referencia fundamental al valor más alto, que es la fe en el Dios viviente, en el Dios que camina con nosotros. Nuestro pueblo puertorriqueño es un pueblo de profunda fe. Y esa es la mejor explicación para la fuerza vital de nuestra gente ante las adversidades que hemos tenido en los años recientes. Puerto Rico no se rinde, Puerto Rico no se quita, porque a nuestra gente la sostiene la fe en Dios y en la Virgen Santísima a quien reconocemos como madre amorosa que nos acompaña y guía, a quien con frecuencia rezamos diciendo: “María Madre de gracia, Madre de misericordia en la vida y en la muerte ampáranos, gran Señora” . Es en este contexto es que les invito a que realicemos una lectura orante y contemplativa de la imagen.

La Virgen de Guadalupe está rodeada de rayos de luz. Es la pura e inmaculada, que nos puede recordar, en el contexto de Puerto Rico, la urgencia de superar a todos los niveles la plaga y el pecado de la corrupción. Es esa epidemia la que nos ha llevado a la crisis gubernamental que padecemos y a muchas de nuestras crisis sociales, crisis que nos avergüenza cada vez que escuchamos una noticia de que otro funcionario público o privado ha sido sorprendido en malos pasos. La corrupción arruina al País, crea desconfianza en nuestras instituciones, y genera graves injusticias, porque provoca que a miles y miles no les lleguen los servicios a que tienen derecho, ya que los dineros desviados no alcanzan a los ciudadanos, especialmente a los más necesitados. Se acerca un año eleccionario, hermanos y hermanas, y es urgente caer en la cuenta de que un verdadero cristiano tiene que examinar a cada candidato por quien vaya a votar y asegurarse de no favorecer con el sagrado derecho al voto a quien pueda estar involucrado, o a quien sea cómplice, de la corrupción.

Guadalupe tiene rostro de una mujer, María, que nos recuerda las luchas de cada mujer de la tierra y de nuestra Nación. Mujeres extraordinarias y valientes, y mujeres, también, víctimas de inequidad y abuso. No es posible mirar la imagen de nuestra Madre guadalupana y olvidarnos del rostro de las mujeres maltratadas y asesinadas. Al contemplar el cuadro de Guadalupe, se requiere mirar el cuadro amplio de lo que somos y lo que necesitamos enmendar como pueblo, para rescatar el respeto a la vida en todas sus etapas, de la justicia social, de la superación del machismo, de la implantación de una correcta educación de género, de medidas de verdadera emergencia a favor de la mujer.

María de Guadalupe nos recuerda, finalmente que el cielo se quiso mostrar ese día con cara de indígena pobre. Y desde entonces los pueblos indígenas supieron que su dignidad estaba retratada en el cielo. María nos recuerda que no es posible adorar a Dios e ignorar la suerte de los empobrecidos y necesitados. Para nosotros, es el grito profético de que hay un pueblo puertorriqueño mayoritariamente bajo el nivel de pobreza, que emigra y desangra nuestra población a un ritmo extremadamente peligroso para nuestro futuro. Un pueblo que no puede creer que se le diga que es posible vivir con el salario mínimo -o aún menos-, y al mismo tiempo, escucha escandalizado sobre aumentos de sueldos de cientos de dólares de la hora, de pensiones jugosas cuando se amenaza la de los más necesitados, de contratos leoninos firmados en la cara de un pueblo pobre. Una vez más hay que recordar que puede haber numerosas acciones legalmente autorizables, pero moralmente inadmisibles. Frente al rostro de María de Guadalupe no se puede golpear el rostro de un pueblo pobre.

Hermanos – hermanas, culmino recordándoles, con palabras del Papa Francisco, tomadas de la Evangelii Gaudium (288) que: “En la actividad evangelizadora de nuestra Iglesia, hay un estilo mariano. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. Porque en ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Porque en ella descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia.

A Ella a la mujer orante y trabajadora de Nazaret, a la que también llamamos nuestra “Señora de la prontitud,” la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» le pedimos que nos llene las manos, el corazón y el manto
con las rosas de los dones de Dios. Que multiplique en nuestro pueblo el empeño de mantener nuestra identidad de fe, y, sobre todo, la gracia de que al contemplar su hermoso rostro, nos comprometamos a devolverle a nuestra Nación Puertorriqueña la belleza de su dignidad, de su identidad, de sus valores más profundos y de sus luchas más nobles.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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