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Yo soy José, y estoy aquí, junto al pesebre, haciendo guardia sobre los acontecimientos. Sé que ha sucedido algo maravilloso y me siento un privilegiado por ser testigo excepcional de este episodio. No les puedo negar que a veces me resultó molesto el puesto que Dios me daba. He sido así algo como un tapón. He servido para darle legalidad externa a este misterio que pocos comprenderían. En esta sociedad eso de un hijo sin padre es una infamia. Por eso he servido de parapeto, de protector de María en una sociedad que no entendía eso de madre-soltera o mujer sin varón. Y Dios me escogió a mi para eso: para tapar un agujero.

Pero me he convencido de que los tapones también hacen falta para que el producto sea perfecto, y me he conformado alegremente con ser tapón. Me acuerdo de un chiste mongo que cuenta de un nuevo prisionero que llega a la cárcel. Y los compañeros presidiarios le dicen que allí no se llaman por nombre, sino por números. “Yo, por ej. soy el 5, este es el 7″. Y tú, que eres el prisionero nuevo, Tú eres el uno”. Y cuando él guarda gritaba: Uno que vaya a pelar papas; uno a limpiar los inodoros”, allá iba el prisionero prepa, creyendo que se referían a él.

Pues, les digo que a veces me he sentido como el número Uno. El cuadro de la Virgen de Alta Gracia que tienen los dominicanos es el que mejor me pinta y el que más me gusta (claro, también se que no soy tan fotogénico como María). Allí estoy en esta escena de Navidad, pero lejos, en el fondo, figura pequeñita, con una vela en la mano, que simboliza la fe que aclara el misterio. Estoy iluminando la escena para que María vea, y para que vea la cara hermosa del Niño. Allí estoy, en vela, por si ella pide algo, que en verdad tan pocas cosas me pedía.

Sé que para algunos, que no entienden profundamente las cosas, yo he sido ‘el uno’, el bobo, el que ni escarba ni picotea. Fue durísimo cuando me di cuenta de que María estaba encinta. A la verdad, que no le deseo a nadie los sinsabores que destrozaron mi alma. Dios me dio duro entonces, y no porque se pudieran reir de mi los varones del barrio, pues jamás admití que lo que sucedía era por un error o debilidad de María. Fui el bobo de la película, sí. Pero les puedo asegurar que no le cambio mi puesto a nadie en el mundo. Porque yo fui el jefe legal en aquella familia donde sé que ellos valían más que yo. Porque yo fui el esposo de María, la mujer más sublime; fui dueño de su comunicación íntima, de sus goces, de sus risas, de sus caricias, de su verdadera intimidad. Así no me resultó nada de duro la renuncia al uso de la sexualidad: María me dio su corazón, ¿para qué quería su cuerpo?  Yo vi crecer en mis brazos, y con la ayuda de mi esfuerzo humano, al Verbo de Dios. Él me llamó papá. Y en mi muerte humana ellos me arroparon con sus caricias y sus abrazos.

Por eso aquí me tienen alegre en esta noche de frío y de pobreza. Mi única tristeza es por la privación que sufren estos dos seres tan míos. Aquí me tienen dispuesto a lo que Dios por su ángel me siga mandando. Y les aseguro que, aunque sea el mudo en esta película de pocos parlamentos, no cambio mi papel por el de Herodes, que en este momento duerme sus borracheras. Ni por Zaqueo que se cree el dueño del mundo porque sus acciones bancarias subieron. Ni por el César que, ¡el pobre!, se nombra dios siendo un corrupto ser humano. Ni por el gobernador romano invasor de mi patria, portador de las orgullosas águilas romanas. Soy José, el esposo de María, el padre legal de este Niño, el centinela de este pesebre donde se hace historia. Y le doy inmensas gracias al Dios de nuestros Padres porque me reservó desde la eternidad este privilegio.

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante