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En esos contrastes que no se olvidan, mi experiencia acá en el norte me llevó a todo un aprender una cultura nueva y unas modalidades de comportamiento distintas. Cito un ejemplo concreto que me ocurrió recién llegado a Cleveland. Fue una noche, en una fiesta navideña de unos bienhechores norteamericanos, donde aprendí que ‘los nenes’ no participan de actividades festivas nocturnas. De hecho, al llegar al hogar, pregunté por los nenes y muy cortésmente, se me dijo que ya estaban en sus recámaras. Desde entonces, estuve más alerta a contrastes en mis expectativas puertorriqueñas y la realidad norteamericana. 

Pero nada, que menciono ese incidente, pues desearía reflexionar sobre la familia, en la festividad de la Sagrada Familia. Según la sociología, la familia es el núcleo más importante de la sociedad en general. Es el fundamento esencial, donde se fragua toda la identidad, carácter, valores y comportamiento de sus miembros. No todas las familias son iguales. Y me refiero a lo innegable de una ‘herencia social’ que refleja trasfondos personales particulares. Como, por ejemplo, la familia nacida y criada en el campo, no se comporta igual a una nacida y criada en la ciudad. Los del campo suelen ser más tímidos y no tan dados al intercambio social. Lo mismo pudiese ocurrir con los nacidos en pueblitos del interior del país, cara a cara ante los de la capital. 

En otras ocasiones, he mencionado el interesante detalle de los acondicionamientos que arrojan consecuencias de mentalidad y comportamiento en la familia. Algunos de esos acondicionamientos son los que se dan por razón de haber nacido y criado en una sociedad agrícola o en una sociedad industrial. Fue el recordado psicólogo social, José A. Torres Zayas, (autor de una serie titulada ‘Holocausto Familiar’ en el ya extinto periódico “El Mundo”), quien detallaba con demostrable credibilidad, el conflicto cultural que ocurría en la Isla. Esto era consecuencia a ese cambio radical de pasar de una economía agrícola a una industrial. Su argumento señalaba los problemas familiares que surgían a raíz de esa experiencia. Esto se debía a lo rápido de los cambios, sin la oportunidad de un ajuste y adaptación emocional y psicológico de parte de la población. 

Lo interesante es que el impacto de ese cambio todavía afecta el comportamiento de los puertorriqueños. Mencionamos aquí, específicamente lo que ocurre en la familia nuestra, dado ese historial. Se agrava la situación con todo el azote de la modernidad. El consabido argumento de ‘eso es old fashion’, justifica lo radical de una juventud puertorriqueña que se rebela ante lo tradicional de lo acostumbrado en la familia. Añádase la insistencia que prevalece todavía de lo conocido por women’s lib, movimiento que comenzó en la década de los 60 y se acentúa todavía. La ‘liberación femenina’ se torna dramática y contenciosa en el contexto de la cultura machista que caracteriza la cultura hispana. En general, un hombre joven, contemplando un noviazgo, evita cortejar a una muchacha que muestre rasgos de ser muy independiente o controladora. “La quiero mansita y sumisa”, suele ser el comentario en forma de broma. Otro elemento a tomar en cuenta en el proyecto de formar un hogar hoy en día es lo innegable del ritmo acelerado en una economía capitalista. “Time is money”, en inglés.  “El tiempo es dinero”, por tanto, entre más tiempo se tenga disponible para el trabajo, mejor para la situación financiera de la familia. 

Algo muy de ahora, que no siempre tomamos en cuenta, es como el teléfono celular consume nuestra atención y tiempo. Si se reúnen en la mesa para cenar, lo primero que se pone al lado del plato es el celular. Y no siempre es para hablar o contestar llamadas, lo que más atrae son los juegos cibernéticos que absorben la atención. Es el celular lo que también sirve para mantener a un bebé entretenido en su carriola, mientras su mamá se ocupa de otros menesteres. Lo mencionado no es algo planeado, sino algo espontaneo y creativo.

Mantener la familia unida, nutre la relación afectiva y favorece a la salud mental.  El sentido de ‘pertenecer’ es indispensable para el ser humano. Tan es así, que la psicología lo señala como una necesidad básica, a la par con la necesidad de seguridad y realización personal (cf. Abraham Maslow).  Interesante notar que nuestros Obispos, señalaron esta necesidad básica, en su histórica carta pastoral, “Presencia Hispana: Esperanza y Compromiso” (noviembre 1983).  

Otro posible enemigo de la unidad familiar es, como los estudios lo han indicado, la televisión. En el progreso material, hoy en día prácticamente, cada miembro de la familia tiene un televisor en su recámara. No existe pues, la motivación de antaño de reunirse en la sala para disfrutar de un programa en conjunto. Seamos sensatos, no es el progreso material lo que divide la familia. Es propiamente la actitud de dejades que prevalece en el hogar. Se vive ‘de corre, corre’ y los estilos consecuentes se establecen como normales.

Rescatar la unión familiar, es pues, tarea de todos. No es algo que se pueda imponer a la fuerza, pero algo que se debe de considerar como deseable y necesario.  La fiesta litúrgica de la Sagrada Familia, Jesús, José y María podría ser motivo de inspiración e incentivo para restaurar valores que se han quedado atrás con el pasar del tiempo. ‘Sí…, papi, mami y los nenes’ como familia, continuarán siendo el núcleo más importante de la sociedad en donde quiera que sea y para todos los tiempos.

Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.

Para El Visitante