“Iremos porque esta noche, ha nacido el Niño Rey”. Así finaliza una de las estrofas de un hermoso canto de Navidad titulado: Arbolito. Con él, su autor nos invita en la Noche Buena a: “ir al monte”, “cortar un arbolito” y “ponerle campanitas”. Todo esto como signo de júbilo por el gran acontecimiento de la Navidad.

Esta es la primera Navidad que celebramos desde que el feroz huracán María, nos azotó. La isla fue brutalmente destruida por el fenómeno atmosférico, que nos ha hecho vivir momentos angustiosos, difíciles, y llenos de incertidumbre. Una vez pasó el temporal, se observaba en el pueblo un sentimiento de luto, y una tristeza notable. El profeta Isaías lo expresaría, obviamente en otro contexto, de la siguiente forma: …el pueblo estaba “en tinieblas”, “en tierra de sombras” y “les pesaba el yugo” (Is 9, 1 – 3). Siendo así, sería difícil: “encontrar la noche serena”, “seguir la estrella”, y mucho menos “cantarle a Jesús”, como nos invita el canto navideño.

Sin embargo, al llegar el mes de diciembre, la cristiandad es convocada para celebrar el nacimiento del Salvador; y de paso unirse para reflexionar sobre las sorpresas de Dios en nuestra vida. El huracán María ha puesto de manifiesto, a los que estamos acostumbrados a la abundancia, a lo fácil, a las apariencias, a lo superficial, a lo frágiles y vulnerables que somos. Que vivimos llenando la vida de lo pequeño, lo insignificante…  y de mil comodidades que las convertimos en esclavitudes que “llenan” el corazón. Con no poca frecuencia olvidamos que en esta vida ninguna cosa creada puede saciar el deseo de eternidad: solo Dios puede saciarlo, y con creces. Y así, cuando esa morada exterior y sus falsos valores, así como la dependencia de ellos desaparecen como el humo, descubrimos que tenemos el alma y el corazón vacíos.

Ciertamente el huracán María ha sido una fuertísima llamada a la conversión. El Señor a veces nos levanta hasta la cima de la Cruz y nos deja crecer en el sufrimiento, para poner a prueba nuestra madurez cristiana, y nuestra intimidad con Él. Es por eso que estos acontecimientos, aunque fuertes, cuando los miramos desde la fe, nos ayudarán a examinar cómo estamos situados ante Dios; y nos recordarán que los sufrimientos preparan nuestra alma para la gloria futura.

La experiencia del sufrimiento puede convertirse en una escuela de esperanza, sabiduría y unión con Cristo. Por eso es importante convertir el sufrimiento en ofrecimiento, ya que un tiempo breve en este mundo, lleno de sufrimiento, nos prepara para el encuentro con Jesucristo. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella, y encontrar así un sentido de su amor infinito. Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento, ni siquiera a explicarlo; ha venido a llenarlo con su presencia. Las grandes cosas se realizan con el brillo de una mirada interior, en los sacrificios y las victorias ocultas. De esta manera, podremos descubrir el amor de Dios, su llamada a la vida eterna, y la victoria de Cristo sobre la muerte, convirtiéndola en puerta que abre a la vida eterna. El Señor está gestando en nosotros un proyecto de salvación, y para ello nos hace caminar, pero únicamente con la seguridad de la fe; y a la luz del Señor (Is 2, 5).

La vida no se puede asegurar con el dinero, ni con el afecto, ni con las personas, ni con la energía eléctrica, ni con el agua potable en nuestro hogar, ni con el cable tv, ni la Internet; porque, en palabras de Santa Teresa, “Solo Dios basta”. El salmista lo evoca de la siguiente manera: “Solo en Dios descansa mi alma porque de él viene mi salvación. Solo él es mi roca, mi fortaleza, no he de vacilar” (Sal 62).

Navidad es conmemorar que este pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. Y a los que vivían en tierra de sombras, una luz les brilló, (Is 9, 1 – 5). Es estar seguros de que Dios nos da la fuerza para continuar. Es recordar que podemos consolar a otros, “mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios. Pues así, como abundan en nosotros los sufrimientos abunda también por Cristo nuestra consolación” (2 Co 1, 4-5).

San Agustín nos recuerda que: “No hay motivo de tristeza duradera cuando existe la certeza de felicidad eterna”. Es tiempo de poner a Dios en el centro de nuestras preocupaciones, en el centro de nuestro pensamiento, en el centro de nuestro actuar y de nuestra vida. Por eso, celebrarán la Navidad los que se atrevan a creer y esperar; los que con arrojo y valentía intenten retomar sus vidas; los que con ardor deseen recoger los pedazos rotos del corazón; los que tengan la voluntad de no declararse vencidos. Estos descubrirán en lo profundo de su ser, una luz de alegría y paz verdadera. Porque, “en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1, 1-5). Allí, escondido se encuentra el Hijo de Dios, nacido de María, que se hace presente en los escombros de un corazón “[. . .] afligido, pero no agobiado; perplejo, pero no desesperado; perseguido, pero no abandonado; derribado, pero no destruido…”, (2 Co 4-8). En esta Navidad más que nunca encontraremos consuelo y sosiego en ese niño que nos ha nacido, ese hijo que se nos ha dado; y así podemos también cantar con gran regocijo: “Iremos porque esta noche, ha nacido el Niño Rey”. 

(P. Ángel M. Sánchez, PhD)

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