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Había frente al cementerio Caguas Memorial (debe seguir ahí) un bar con el letrero “Aquí mejor que enfrente”. Supongo que el bar florece en clientes. Algunas parejas viven enfrente del bar y ansían pasar al frente. Son los que piensan “la grama del vecino es más verde que la mía”. No es extraño que se piense así cuando te convences de que vives en un cementerio. Todo casado pasa por esa situación, porque aún no vivimos en el paraíso terrenal ni en el mejor de los mundos posibles. Parece que eso de “lo mejor de los dos mundos” no existe. Como bien reflexionaba el Papa Francisco: no hay casado perfecto ni mujer perfecta. Habrá que contentarse con máximas aproximaciones. No es normal para un comerciante ganar cien por ciento en sus transacciones.  O tuvo suerte en el power ball o es un pillo. Pillo de cuello blanco.

¿Cómo podríamos no dejarnos deprimir por los momentos de decepción, cuando vivimos como perro soñando con longanizas? Primero cuenta tus bendiciones, no tus faltas. Si la relación comenzó bien pensada, motivada por razones reales y profundas, no siempre permanece. En los momentos de tormenta o en la noche oscura del alma, el sol sigue allí arriba, sobre las nubes.  Por más largo que sea el invierno tendrá su Navidad, y luego refulgirá el sol.

Segundo, siempre puedes recordar que no es oro todo lo amarillo. Tal vez en la mujer, o varón, te liberas de la diabla Luisa y al final terminarás con la diabla Mayra, o te darás cuenta de que cambiaste chinas por botellas. Claro que no siempre resulta así. ¿Pero por qué arriesgarte? Una corta película que proyectamos a los novios llega a su conclusión con la frase “25 años”.  Es pareja que convive; ella le propone ahora matrimonio porque reconoce que su mamá, adjetivada como obsoleta, fue mujer realizada por 25 años. Él se va molesto a un bar, después de su pelea, y allí tropieza con un tráfala odioso de sus tres matrimonios frustrados, y ahora sale cada noche a ver qué cae. Invita al joven a repartirse dos turistas que buscan aventuras. Él, al contemplar el tajureo del tipo con ellas, exclama “25 años”.  Entiende que su alternativa es 25 años en ese tajureo o 25 realizados en una relación estable, realista. Y regresa.

Tercero, antes de que grites “libre por fin, mi Dios” piensa qué ganas y qué pierdes con abandonar la pelea. Te ayudo con lo que pierdes: en tu récord años perdidos, desgaste emocional y desengaños, economía partida por la mitad, pensión sobre todo si hay hijos, tal vez demandas y gastos de abogados, niños que comienzan en el ping-pong de las visitas. Ordena tú la lista. Tal vez salgas de Guatemala para entrar en Guatapeor. Such is life!

Hay matrimonios que nunca debieron realizarse, lo reconozco. No todos. En aquellos y en estos llegarán los momentos de desgaste, cansancio. Será en todos, en TODOS. Solo se acaba en la visión beatífica del cielo. La vida es lucha. Es dialéctica. Conseguir algo distinto y mejor a través del choque. Cuando el niño crece va perdiendo todo lo que anteriormente le gustaba. Madura.  Para cuando viejo perder lo logrado para abrirse a una vida eterna, si vives en fe. Ese es el panorama que se presenta a todo ser humano, no importa nacionalidad, estado social, o mente espiritual.

Los chinos hablan del ying-yang, entiendo que refiriéndose a la comida. El plato del mejor chef es la mezcla de lo dulce con lo amargo. La sabiduría es conocer la proporción de la mezcla. Ni es bueno cuando todo es ying, no cuando es yang. El sentido del sacrifico en la penitencia cristiana es para reservar la explosión del gozo cuando gritemos aleluya en la Pascua. El final es la Pascua, no el Viernes Santo. Aunque esta aparezca primero que la otra. Y así en el matrimonio. 

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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