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La historia de Puerto Rico está tejida con hilos de diversidad cultural y religiosa que se entrelazan en un tapiz único y fascinante. Entre los numerosos actores que han contribuido a la riqueza espiritual de la isla, los franciscanos emergen como protagonistas indiscutibles. Su legado de sobre cinco siglos en Puerto Rico ha dejado una profunda huella en la vida religiosa, cultural y social de nuestra Isla.

La llegada de los franciscanos a Puerto Rico data del siglo XVI, en los albores de la colonización española. Su misión, desde el principio, fue evangelizar a los nativos taínos y establecer la fe católica como el pilar espiritual de la Isla. Los franciscanos, con su austeridad y humildad, mostraron los valores de su fundador, San Francisco de Asís, al tiempo que se sumergían en la tarea de difundir la fe, la educación y la construcción de templos y conventos que hoy en día son tesoros históricos y arquitectónicos de la Isla.

“El carisma de San Francisco es un carisma de sencillez, humildad, cercanía al pueblo y esa cercanía al pueblo conlleva unos apostolados con la gente sencilla de Puerto Rico. Creo que por ahí vamos trabajando los franciscanos en general y nosotros los franciscanos capuchinos”, expresó Fray Ramón “Monchy” Negrón, OFM Cap., Custodio de la Orden de los Frailes Capuchinos en Puerto Rico. 

“Los Franciscanos y los Dominicos somos los primeros evangelizadores en Puerto Rico. Nuestra presencia es un recuerdo y una continuidad de lo que han sido los inicios de la evangelización. De alguna manera nuestro carisma está en la identidad de la Iglesia en Puerto Rico y nosotros somos, de alguna forma, esa garantía de la continuidad de lo que se inició hace más de 500 años”, añadió Fray Fernando Irizarry, OFM Cap., miembro del Consejo de la Custodia Capuchina en Puerto Rico y párroco de San Miguel en Utuado. 

Además de la evangelización, el apostolado con los pobres y la predicación, la educación figura entre las mayores aportaciones que los franciscanos han realizado en la Isla. Fue en 1948 que los Frailes Capuchinos y las Hermanas Josefinas acogieron en el Colegio San Conrado de Ponce lo que hoy es la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. “Toda la Familia Franciscana en Puerto Rico ha sido parte del proceso evangelizador y siguen siendo parte de la formación de esta cultura, de nuestro país. Hemos sido fundadores de muchísimas instituciones; del sostenimiento de comunidades cristianas particulares, en la formación de la identidad de nuestros pueblos que tienen como patronos a figuras franciscanas y sobre todo el servicio a los pobres: el Hogar Padre Venard, la Fondita Santa Marta, Cristo Pobre, el Albergue la Providencia para pacientes de SIDA en su momento, el Centro Capuchino y sus retiros para jóvenes. También los proyectos de los Hermanos Franciscanos en Sabana Seca, de los Amigonianos con el hogar para desamparados en Miramar. Ha habido una larguísima inyección de obras que son parte de lo que continuamos aportando a la Isla”, describió Fray Fernando. 

“Cuando uno viene de afuera se escucha a las personas hablar de los frailes. Más que amistad, los frailes han impregnado familiaridad y cercanía. Las personas sienten que los frailes son accesibles, están disponibles. Por eso la cercanía con el pueblo. La gente identifica hermanos que han dejado huella y se escuchan anécdotas, porque los frailes han sido cercanos”, compartió Fray Moisés Villalta, OFM Cap., miembro del Consejo de la Custodia Capuchina en Puerto Rico y Guardián de la Fraternidad de Santa Teresita en Ponce. 

Los tres frailes capuchinos coincidieron que el mayor reto para la Orden Franciscana en este momento es el vocacional. “Ha habido poca iniciativa de la juventud a comprometerse en un proyecto de vida tan fuerte como puede ser la vida religiosa”, planteó Fray Monchy. “Es un reto. Cómo sostener con nuevas vocaciones nuestro carisma y presencia”, concluyó Fray Fernando. 

Jonathan Colón Hernández

Para El Visitante

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