En la doctrina espiritual de San Ignacio de Loyola se habla de ‘fervores indiscretos’. ¿Qué es eso? Fervor es consolación, ardor interno, deseos de santidad… Pero que no han sido discernidos, autenticados. Y por eso, fácilmente utilizados por el “enemigo de natura humana” para engañarnos. Son los casos de mal espíritu presentado como ángel de luz, el lobo con piel de oveja. En las personas que buscan sinceramente crecer en espíritu se puede caer dicho en ese fervor falso. Por eso el discernimiento, del que nos mandó a suplicar el Papa Francisco recientemente.

En el discernimiento se examina la decisión, el objetivo pretendido. Y qué sentimientos espirituales acompañan a esa decisión. Lo que es de Dios viene envuelto en los sentimientos de verdadera consolación: paz profunda, llena de fe, esperanza y amor; se aparta de lo rastrero, está en línea con lo que en otras ocasiones Dios inspiró, es humilde… Y sobre todo, se examina “¿a dónde me lleva?, ¿cuál es el final de ese camino insinuado?”. En ese camino el mal espíritu insinuará confusiones, desánimos, temores… en fin, lo que me desvíe de lo pedido por Dios. O también, y más difícil, comenzará a entusiasmarme con obras absurdas, creyendo que con eso agrado a Dios o me hago santo…

El fervor indiscreto, por tanto, es un deseo o actuación que parece santo, pero que poco a poco me aleja de la verdadera voluntad divina. Es como indicarme que tome un atajo, porque llego antes, y el atajo no va a ningún lado. Quisiera poner un ejemplo. Leía yo consejos espirituales o prácticas religiosas de un ‘santo’ varón. Insistía en penitencias raras, secretos que solo a él se le podían manifestar, obediencias raras a su dirección espiritual… Más me llamó la atención en el ambiente de miedo que pedía a su dirigido, rodeándolo de posesiones diabólicas posibles o al acecho. Diablos y exorcismos temerosos por todos lados. En fin, era algo que me olía mal. Y en ‘último término me hacía exclamar “aquí ya no veo a Dios”.

Un punto, para mí raro de ese varón, era su afirmación de que recibir la comunión en la mano no se podía permitir. Eso era como desacralizar el Sacramento. Opinión claramente contradictoria con la dirección de la Iglesia que, aceptando otras formas de recibir el sacramento, de ninguna manera rechaza el hacerlo en la mano. Pensaba que alguien que piensa saber más que el Papa, como para llevarle la contraria en nombre de Dios, no puede estar inspirado por Dios. Si recibir en la mano es indigno, peor sería recibir la comunión directamente en la boca, pues en la boca reside cantidad de microbios, y en un descuido quien te da la comunión mete sus dedos en tu boca. Si es indigno tocar la hostia, es indigno tocarla de cualquier manera; o mejor no recibirla, como los jansenistas. Además, tendríamos que rechazar el que personas no ordenadas sacramentalmente sean ministros de la comunión… Yo, en cambio, siempre he pensado que es más práctico recibirla en la mano. Y es como la limosna que recibe el necesitado para tener vida.

Hace muchos años un sacerdote, elocuente predicador, comenzó a predicar la pobreza que Jesús requiere en su mensaje. Así es. Pero entonces ataca a los jerarcas porque no son pobres. Él sí lo es. Ellos han dañado el mensaje de Jesús. La verdadera iglesia la tiene él, que vive ese mensaje de pobreza como Jesús, y lo enseña a sus discípulos. Luego rompe con la Iglesia. Termina formando su propia iglesia. Y en ella él es el gurú que todos deben obedecer, porque es como un nuevo Moisés que habla con Dios en el Sinaí. San Pedro presenta en su carta al demonio como león rugiente que da vueltas buscando a quién devorar. No es devorar dando dentelladas, pues saldríamos corriendo. Es más fácil con insinuaciones de belleza, de altas consecuciones espirituales que nadie entendería, de prácticas religiosas y oraciones que te elevarán y llenarán del Espíritu Santo. San Pablo dice “prueben los espíritus”. Porque no todo lo amarillo es oro, y el dulce, aún siendo dulce, destruye al diabético.

P. Jorge Ambert, SJ

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