El matrimonio es una llamada a la relación más íntima y profunda entre dos seres humanos. La frase bíblica es “formar una sola carne”.  Pero de ninguna manera podemos perder nuestra individualidad. Aquí repetimos aquello de que ‘la salvación es individual’. Consigo felicidad, plenitud, en la relación con esa persona, pero esa persona no es mi felicidad. O sea, me das felicidad pero no eres mi felicidad. Mi felicidad proviene, en último término, de mí mismo. Contigo soy feliz, pero solo también soy feliz. Porque la felicidad es un trabajo personal. Lo contrario sería caer en una dependencia emocional que podría ser nociva más adelante.

En una dependencia extrema somos víctimas de los cambios que provendrán de las nuevas responsabilidades, las tensiones de la vida en familia. Si cada uno espera su felicidad solo del otro u otra, vendrán las dificultades. Porque unirá la necesidad del otro con su vulnerabilidad. Y los conflictos traerán las reacciones de amor-odio, peleo o huyo, agresividad, retiro, etc. Se sueltan los cuatro jinetes del apocalipsis. Esa codependencia emocional solo generará amargura, sarcasmos, indirectas… actitudes todas que producen la infelicidad matrimonial.

Soy feliz contigo, sin duda  pero también genero mi felicidad conmigo mismo, conmigo misma. Esa relación tan especial y recompensante no me libera de mi obligación de vivir mis valores, mis habilidades, mis propios objetivos. Claro, sin que sean diametralmente opuestos a lo que la relación misma pide. La persona del otro sigue siendo mi prioridad emocional, mi número uno, pero no es el único número. Mis otras relaciones humanas siguen siendo amplias, nunca, claro, en contradicción con esta primera, sino más bien complementarias. Dicho de otra manera, aunque el matrimonio sea la prioridad, “no pongo todos los huevos en la misma canasta”.

Esto lo entendí claramente en una pareja amiga. No tenían hijos y llevaban ya algunas décadas de matrimonio. Una relación en que ella tenía la sabiduría de ‘encontrarle la vuelta’ a las majaderías de él. Callada y siguiendo la ola del momento al final triunfaba. Murió él tras una enfermedad de muy pocos días. Fue ella la esposa presente en todo momento. Hubo duelo, sin duda. Pero pronto, superado el dulce recuerdo, siguió ella con sus actividades ya programadas, con su soledad repentina, pero con los objetivos que llenaba por otro lado su propia vida. No fue de las que alargaba su duelo por años y años.

Contigo le agradezco a Dios una inmensa felicidad. Ha venido añadida a la que ya tenía y seguía buscando crecer. No ha sido suplencia. Ha sido crecimiento.

(P. Jorge Ambert, S.J.)

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