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En la primera lectura del Génesis, se nos presenta el infame pasaje de la caída de Adán y Eva por las insidias de Satanás disfrazado de serpiente.

En la segunda Carta a los Corintios, San Pablo nos da el antídoto para las pruebas que se nos presentan en la vida: Dios, el que resucitó a Jesucristo, el que está dentro de nosotros.

Uno de los textos que peor han sido comprendidos es éste del Santo Evangelio de San Marcos, la Madre y los hermanos de Jesús.

Había una vez un pueblo que estaba lleno de pecado y todo parecía que estaba bien. En las afueras del pueblo había un convento de monjitas que se la pasaban rezando y había un ejército de demonios que quería entrar en él.  Alguien preguntó que por qué, si el pueblo estaba perdido estaba tranquilo y el convento estaba rodeado de demonios. Otro le contestó que, precisamente porque el pueblo le pertenecía a Satanás lo dejaba tranquilo, mientras que él trataba de conquistar al convento que le pertenecía a Dios. Santa Teresa de Jesús solía decir, cada vez que fundaba un convento, que si había obstáculos era porque se estaba haciendo la obra de Dios y Satanás ponía escollos al mismo.

Esto es lo que apunta las lecturas de hoy. Cuando leemos el relato del Génesis sobre la creación, cada vez que algo se creaba, se terminaba con la muletilla, “y vio Dios que todo era bueno”. Pero, una vez Dios termina la creación con lo más hermoso que es el ser humano, hombre y mujer creados a semejanza de Dios, viene Satanás a destruir la obra; por eso tienta a Adán y a Eva, desencadenándose todo un proceso de castigo por el pecado cometido. Pero Satanás no tiene la última palabra, sino Dios al prometer un Salvador.

Lo mismo vemos a Jesucristo, que mientras predicaba el Evangelio se encontraba con toda clase de obstáculos, algunos insospechados como el caso de la Madre y sus hermanos. Hay que ver la incursión de la Virgen en este pasaje en su contexto y este es el gran problema de la exégesis protestante: Jesucristo nos habla de los que son de él, en los que escuchan su Palabra, en “sus hermanos”, en contraposición de los que no escuchar su Palabra, en “los que no son sus hermanos”, que ponen obstáculos inimaginables con tal de que la Palabra de Dios no se proclame y, entre los que pueden poner obstáculos, están los familiares.  ¡Cuántos jovencitos, cuando expresaron su deseo de entrar al Seminario o al Convento encontraron oposición de sus familiares para que, cuando terminaron ordenándose, esos mismos familiares fueron los primeros en sentirse orgullosos!  San Marcos, de entre los cuatro evangelistas, es el que menos conoció a la Virgen y este pasaje es el único en todo su evangelio en el que hace referencia a ella.  También su evangelio es el primero, que carece de la valiosísima información y teología que contienen Lucas y Juan acerca de María. Jesucristo nos dice que, “Todo el que cumple su voluntad es su hermano, su hermana, y su Madre”.  Partiendo del conocimiento que nos dan los otros tres evangelios, San Mateo incluido con la huida a Egipto, ¿hay alguien que haya cumplido la voluntad de Dios mejor que su humilde Esclava, la Bienaventurada por todas las generaciones?  

Las lecturas de hoy son una advertencia de que siempre tendremos obstáculos a la hora de anunciar la Buena Nueva. Pero, en esos casos, no olvidemos que contamos con Dios y a ÉL nos tenemos que encomendar y remitir cuando estos obstáculos vengan.

P. Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante