Contexto

El domingo pasado Pablo nos decía: “¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!” (Rm 11,33). Pues hoy seguimos caminando por esos designios misteriosos de Dios, que, a pesar de ser, a veces, difíciles de comprender o asimilar, nos cautivan y no podemos dejar de seguirlos y ansiarlos (cf. Jer 20,7-9; Sal 62), pero sólo pensando como Dios (cf. Mt 16,21-27; Rom 12,1-2) podremos bregar con ellos.

Reflexionemos

Jeremías testimonia que el amor de Dios ayuda a superar las dificultades en la misión que Dios nos da. Sólo el amor explica muchas cosas. De ahí la famosa frase del filósofo Blaise Pascal: “El corazón tiene razones que la razón desconoce”. Sólo dejándonos seducir por Dios entenderemos cómo el profeta, y nosotros, podremos vencer el ser el hazmerreír de otros, el tener que anunciar cosas que no siempre agradan a los demás, el percibir que la palabra del Señor, en vez de ser consuelo, se vuelva oprobio y desprecio. Es un anticipo del anuncio de la cruz que le hace Jesús a sus discípulos, a aquellos y a nosotros, el cual no es del todo agradable, por no decir nada. Nosotros, ¿hubiéramos reaccionado distinto a Pedro? Ser cristianos de victoria y gloria es fácil, y últimamente muchos andan por ahí y no es que sea falso, pero no podemos serlo descartando la otra cara de la moneda: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida?”

¿Cómo entender o aceptar esto, que no siempre podemos comprender? Pablo, que como Pedro y otros tuvo que aprender la lección, nos dice, inspirado por el Espíritu: “transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.” Esos dos versículos de Rm 12 valen un millón. El Apóstol nos presenta una escalerita de tres escalones que nos lleva al cielo. Sólo buscando (discerniendo) por amor lo bueno, lo que agrada, lo perfecto, podremos llegar a ser “hostia viva, santa, agradable a Dios”, es decir, semejantes a Jesús, que es mucho decir. De hecho, en la IV plegaria eucarística se lo pedimos al Señor: “Dirige tu mirada sobre esta Víctima [Jesús sobre el altar] que Tú mismo has preparado a tu Iglesia, y concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria.”  A veces me pregunto cuán conscientes somos de lo que oímos, decimos y oramos en misa, empezando por nosotros los sacerdotes. Ahí nada más estamos pidiendo al Padre que nuestra participación en la misa nos haga hostia (= víctima). ¡Qué fácil decirlo! Otra cosa es vivirlo. Eso es parte de la forma eucarística de vida que el Papa emérito Benedicto XVI enseña en la exhortación Sacramentum caritatis 70s.

A modo de conclusión   

Sólo con la renovación de nuestra mente, que incluye el corazón (no entendamos esta frase del S. Pablo como algo meramente intelectual) podremos entender lo que vivió Jeremías y muchos otros, incluyendo los santos de la puerta de al lado (cf. Papa Francisco, Gaudete et Exsultate 6-9). Sólo con esa mente nueva podremos entender lo que significa perder el mundo para ganar la Vida. ¿Estamos dispuestos a ser víctimas vivas?

Aprovechemos las circunstancias pandémicas para poner en práctica lo que nos dice la Palabra, pues, sin duda, necesitamos la renovación que ella nos pide.

 

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

 

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