Ante la adversidad y las luchas constantes se impone la cordura y la sensatez en las situaciones que exigen dar un paso al frente y luchar hasta el final.  La unión entre afecto y sentimiento familiar incluye, según se observa, servir de Cirineo a la primera provocación, dar la razón sin dilación, sacar todo lo bueno de la conducta de un hijo.

La lealtad, y el sentido de pertenencia, caminan juntos, pero no pueden ser afluentes de mi hijo siempre tiene la razón. Acoger y abrazar van de la mano de la objetividad, aunque ésta surta efecto en el amor compartido.  No se hace bien cuando se despoja al ser querido de su condición de náufrago y se quiere presentar como ciudadano por excelencia, versado en la virtud.

En poco tiempo se han deteriorado las fuerzas vitales y se presenta al ser humano como escurridizo, hoja que arrebata el viento. La lucha por los ideales y el sentido de justicia duerme el sueño de los justos. Se prefiere andar por las ramas que hurgar en el tronco, tocar la realidad con manos limpias y disposición de acatar la verdad.

La educación sin convicciones profundas deja un saldo de precariedad de principios.  Procrea un equipaje de inútiles comportamientos, de premuras bursátiles. Todo lo que suene a bienestar económico será aplaudido por amigos y familiares. Nadie será capaz de refutar esa visión porque será visto como agua- fiesta o portador de malos augurios.

El esfuerzo colectivo desfila por entre lo dulce y la miel procurando que los rasguños de la existencia sean pocitos en cuarentena para que la lágrima no brote.  Se ha dicho muchas veces que llorar es algo del pasado, una reliquia de otoño. Frente al cadáver de la madre, la conversación gira en torno a lo banal, a lo carente de sentimientos.

Los padres y educadores deben procurar que ser felices es un todo de fórmulas de misericordia, piedad, amor, bondad, amistad.  Unir lo mejor del corazón con la impetuosidad de las luchas de cada día resultaría en adecuar los ímpetus de adentro y de afuera que son punzadas de alegría y de felicidad. No se vive para amasar dinero, sino para regalar luz y entusiasmo.

Es usual dibujar un horizonte de grandes ganancias y vida lisonjera. Frente a todo el mercado bursátil debe presidir el amor por el País, la decencia, el sentido fraternal.  Se vive para alcanzar metas de gran abolengo humano, de partir el pan con los más necesitados. Se crece en virtud al sentir el dolor de los demás. No se vive en cuartos aislados, sino en profunda camaderia con los que sirven y ayudan a crear fortuna. Abrir puertas a los que lloran a la vera del camino será una forma de atraer la paz y la justicia.

 

P. Efraín Zabala Torres

 

Editor

 

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