Una buena zapata es fundamental para la construcción de un buen edificio. ¡Si deseamos que este resista en el tiempo! Asimismo como un árbol da grandes ramas, necesitará de grandes y profundas raíces para poder resistir a las inclemencias del tiempo. Sea la zapata, como las raíces, tienen algo en común. ¿Qué es? No se ven, pero están ahí. Ambas se encuentran bajo la tierra. No se ven inmediatamente, pero son fundamentales. Sin ellas no hay edificio que se sostenga, ni árbol que aguante. Esto es lo que es la “espiritualidad” para este plan. Es aquello que inmediatamente no vemos, pero está ahí, y será lo que sostendrá este camino. La espiritualidad es lo que le dará vitalidad a nuestro plan. Una espiritualidad es un modo de ser, de vivir y de actuar.

Entonces, ¿Cuál es nuestra espiritualidad? 

Un poco de historia… Juan Pablo II, al concluir el Año del Gran Jubileo (2000) y ante el nuevo milenio que comenzaba, mira hacia adelante y observa que hay grandes desafíos y se pregunta, ¿qué respuesta tiene para todo esto la Iglesia? Así surgió la Carta Apostólica, que se llama Novo Millennio Ineunte y en el número 43 de dicha carta escribió: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza. Si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”.

¿Qué significa esto? 

Así Juan Pablo II explicó la espiritualidad de comunión. Es primero que nada… Reconocer el misterio de la Trinidad.

Es cierto que nuestro Dios es único, ¡pero no solitario! Creemos en un Dios Uno y Trino. Nuestro Dios es una Comunión de Personas, es Familia. Ser creados a Imagen y Semejanza de Dios quiere decir que  llevamos esta huella en nosotros. Fuimos creados para la relación y para la comunión.

La participación en la vida divina confiere a nuestras relaciones interpersonales un carácter de prioridad sobre las relaciones meramente funcionales. En otras palabras, no seremos completamente felices con ser meramente compañeros, sino que tenemos que ser realmente amigos, amigas, hermanos y hermanas. Establecer relaciones profundas, verdaderas, en Cristo.

Por tanto, espiritualidad de comunión quiere decir… 

  • Reconocer al hermano de fe como uno que me pertenece: Es la capacidad de sentir al hermano de fe como “uno que me pertenece” porque lo percibo en la unidad profunda del Cuerpo místico. Somos uno en Cristo. Por tanto buscaré: compartir sus alegrías y sus sufrimientos, intuir sus deseos, atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.
  • Ver ante todo lo que hay de positivo en el otro: Es una capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.
  • Saber “dar espacio” al hermano: Es saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

Es un reto… 

Porque es un modo de ser, de vivir, de actuar… […] pero es una gran respuesta: Para el hombre y la mujer de hoy; para la familia de hoy; para la sociedad de hoy; para el mundo de hoy.

Todos tenemos sed de relaciones auténticas, profundas, verdaderas.

Es un don… 

Es un regalo. Hay que pedirlo, invocarlo al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el dador de todos los dones. Es el Espíritu de Comunión. Hay que pedirlo con fe y todos juntos. De nuestra parte: tenemos que desearlo y luchar por él. De otra parte: es un don gratuito de Dios. Jesús ya se lo pidió a su Padre como don para nosotros:

“Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

“En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 35).

La espiritualidad de comunión, va acompañada de la espiritualidad del Camino.

No basta una espiritualidad de comunión, si no hay una espiritualidad del camino, del peregrino que decide ponerse en viaje. A veces nos da la impresión que nos movemos mucho, que no tenemos un momento de respiro, que hacemos muchas cosas, pero realmente somos “estatuas”. Estamos bien radicados en las cosas de aquí, de este mundo, y se nos olvida que estamos en esta vida de pasaje. Nuestra única meta es la Trinidad.

Hay que moverse, hay que avanzar… 

… y este caminar comienza, antes que nada, al salir de nuestro mundo, de nosotros mismos, para construir relaciones auténticas, verdaderas con los demás. La rueda para el camino.

Observen una rueda. Hay diversos rayos unidos al centro. Así tienen que ser nuestras comunidades, para que puedan girar, para que puedan marchar, tienen que ser “unas” en Cristo. Los rayos somos tú, yo, cada uno de nosotros. -En la medida que tú y yo nos unimos más a Cristo, nos uniremos más entre nosotros-. A su vez, en la medida en que nos amemos entre nosotros, nos uniremos más a Cristo.

En camino, por el camino, con el Camino 

Hay que moverse… Hay que avanzar… Junto con nuestra Iglesia, junto con nuestra diócesis, hacia nuestra patria definitiva. Sabiendo que no estamos solos ni solas en el camino, pues Jesucristo, el Camino nos dice: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20b).

(Diócesis de Arecibo)

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