Jesús predicó al pueblo.  Pide a Pedro que se adentre en el mar.  Le pide que lance la red.  Pero Pedro: No hay peces, ya tratamos de pescar… pero “en tu nombre lanzaré la red”.  Surgió el milagro y la vocación. Me vino a la mente situaciones por las que a veces pasan los casados en el ejercicio de su vocación eclesial.  No hay peces.  Las alternativas utilizadas no dan el resultado esperado.  Es sensación de frustración y la tentación de tirar la toalla.  La vocación recibida parece imposible.  Lo que viene a la mente es el reproche de Pedro a Jesús cuando les pronostica su muerte: “No será así, Maestro”. Pero imagino también a Jesús diciendo: “Apártate de mí, Satanás”.

 

La tentación –mal boxeador- de tirar la toalla es humana, y tristemente ocurre y, más triste, algunos le hacen caso.  Buscan la solución en el divorcio, en decidir al ‘no tengo más remedio que seguir… que si los hijos…’  O en buscar otros amores o intereses para llenar el vacío emocional.  Es momento propicio para gritar, aun con dolor, como Pedro: ‘No veo salida, pero en tu nombre lanzaré la red’. Recuerdo las palabras del poeta: “Es en tu nombre, Jesús, nombre adorado, que sigo con las redes en mis manos y es el agua la misma… Pero no se aparece el gran cetáceo… Mas aquí sigo yo, y con tus redes”.

 

Criar una familia con economía difícil, aceptar y concordar diferencias con el cónyuge, potenciar a los hijos en sus habilidades, soportar patronos odiosos porque no se puede perder un trabajo, tolerar las majaderías de un mal vecino, poner buena cara a la injerencia de la familia en tus asuntos… son momentos en que Jesús pide tirar las redes, pero no es fácil hacerle caso.  Entonces gritar, tal vez como Job en sus dolores, yo no aguanto, ni puedo, pero en tu nombre lanzaré la red.  El publicano consiguió salvación con una simple plegaria ante la puerta del templo: “Ten compasión de mí que soy pecador”. Mis fuerzas no dan.  Tendrás que prestarme las tuyas. Son mis redes, pero ahora son las tuyas las que lograrán gran cantidad de peces.

 

Si aceptamos la vocación matrimonial como una misión recibida de mi comunidad para vivir lo profundo de nuestra fe: el amor… no se podrá conseguir sin la ayuda del que encomendó la misión.  Dirás un poco como Agustín en su maravillosa frase: “Dame lo que pides, y pídeme lo que quieras.” Es la ocasión para la oración o solitaria, o en la compañía de tu pareja.  Los mártires, que son los supremos testigos de la fe, no podrían aceptar humanamente la tortura o muerte que les infligían sin esta fuerza sobrenatural.  Como la religiosa que cambiaba vendajes de leprosos en la enfermería.  La turista la observa, “yo eso no lo haría ni por un millón de dólares”.  Y ella “Pues yo tampoco, pero por Jesús…”

 

Hablamos de la oración conyugal. Esta podrá expresarse proforma en las celebraciones familiares gozosas, o en la rutinaria participación en las Eucaristías.  Pero donde suena mejor es ante las situaciones límites. Jesús, en el Huerto, experimentó esta situación límite.  No dijo entonces “en tu nombre”.  Dijo ‘esto no es lo que quiero, cambia tus planes, pero si debe ser así, no se haga mi voluntad sino la tuya’.  ‘En tu nombre’ añade algo más. Añade el comprometer a Jesús en la misma tarea que te pide.  El sentir que Jesús, en este caso, es tu cirineo, que se coloca a tu lado para tomar un ala de la cruz mientras tu portas la otra. Como aparece en la película sobre Jesús por Zeffirelli… Cirineo y Jesús abrazados y en medio el larguero de la cruz.

 

San Ignacio aconseja orar al comenzar una obra “que todas las intenciones, acciones… sean ordenadas para tu gloria y alabanza”.  Yo aconsejo esta pequeña jaculatoria que ideó San Pedro en un momento de desconcierto, en que tampoco se atrevía a desobedecer al Maestro.  “Por mí no lo intentaría otra vez, pero “en tu nombre lanzaré la red”.  Y se llenó la red de tantos peces que tuvieron que llamar a los colegas pescadores porque la barca se hundía.

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here