Es una inspirada canción de José-José allá por los 80.  Recordarla me trae a la memoria aquella mujer casada, abandonada por su esposo en las noches, ¡que oía una y otra vez esta canción hasta dormirse con ella! Pareja que terminó divorciada.  Veía cómo su amor se esfumaba en la calle, él en busca de otros ‘amores’.  Sí, digo “amores’’, porque pregunta ¿qué amor es el que acaba?  Porque hay algunos que mejor es que acaben, porque llaman amor lo que no lo es.  El oro es amarillo, pero no todo lo amarillo es oro. Porque creen que es amor lo que deseo, pasión, romanticismo.  Todo eso que es producto del instinto y que es comienzo, pero no final.  Es el enamoramiento que es loco.  O como lo definía en versos Lope de Vega “Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso; no hallar fuera del bien centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente, fugitivo, satisfecho, ofendido, receloso…”  Ese acaba y debe de acabar.

A ese amor falso, puro sentimiento instintivo le aplicaría lo del canto: “porque el alma se vacía como el cántaro en la nube… porque el sentimiento es humo, y ceniza la palabra…” Sigue el cantante diciendo “porque el tiempo tiene grietas, porque grietas tiene el alma…” Claro que hay grietas.  Pero estas se acentúan cuando no se cultiva esa relación, no se la fuerza a madurar.  La mejor mansión, si se descuida y no se le da mantenimiento, al poco tiempo se llena de moho, humedad, insectos que pululan.  Un amor que no se cuida, no se evalúa, no se muestra de formas diferentes… acaba.  ¿Es parte de la naturaleza humana, como lo son las arrugas que llenan con los años el rostro de la que ganó concurso de belleza? Acaba cuando no se atienden esas grietas.  Porque un amor maduro no se da por generación espontánea, aunque los amantes de las telenovelas se crean que así ha de ser.  Acaba “porque mueren los deseos por la carne y por el beso”, cuando en eso se cifra lo que es amor.

Ese amor, que es falso, es verdad que acaba.  ¡Pero mejor que acabe pronto! Y así comenzar la penosa y admirable tarea de crecer, salir de las adolescencias románticas.  Pero el amor no acaba cuando se permite la entrada en esa experiencia humana a la presencia divina.  Si entra Dios, entra lo eterno y definitivo.  En las misas de boda me gusta insistir en el carácter sagrado de la entrega de amor que se prometen los novios.  Y es bueno que repensemos el concepto, porque la tendencia antigua era a ver eso de ‘consagración sagrada’ solo en el sacerdote o en la religiosa que profesaba los votos evangélicos.  Incluso la palabra ‘vocación’ como que se reservaba para los que decidían ordenarse sacerdotes o profesar como monjas.  Y no es así.  Como exigimos al sacerdote que tenga capacidad para recibir la misión que el sacramento le impone, así también debemos exigir capacidad y vocación en los que deciden casarse.  Porque ambos van a recibir un sacramento paralelo.  El sacerdote se consagra para animar la fe de la comunidad, comunicar los sacramentos.  Los casados se consagran para vivir el amor.  Son dos misiones diferentes, que ambos reciben de la comunidad a través del sacramento.

No es extraño que el cantante verbalice tan bellamente ese amor-deseo.  Mas se queda en la superficie, en la cáscara.  El que tiene una visión diferente, trascendente, lo entiende de manera total. Dirá entonces como el Cantar de los Cantares que “el amor es fuerte como la muerte, y mil cataratas no podrán anegarlo”.  Tal vez esos viejitos que perseveraron 50 o más años en su relación, de forma provechosa, podrán ser los empores testigos de lo que afirmamos.

 

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

 

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