Este tiempo, aperitivo para la fiesta navideña, hará resonar de forma constante la palabra “ESPERANZA”. “De esperanza vive el pobre”, proclama el refrán.  Y el creyente lo vive con modos nuevos, renovados.  Y expresarlos más fuerte cuando se está en el hoyo.  Es como decir “el dolor, la traición, el error existen; no somos ingenuos.  Aunque no son lo único; viene un Salvador.  Dios ha escuchado el clamor de su pueblo.  Una imagen viva, ardiente de esta esperan es Job. Al pobre se le acumulan los desastres uno tras otro: pierde sus cosechas sus casas en llamas, sus hijos y ganado asesinados, el dedo acusador de su mujer y los amigos, su cuerpo una llaga insoportable.  Y allí, sentado sobe el estiércol del muladar, grita: “Sé que mi redentor vive, y con estos ojos que se me apagan, veré a mi salvador.”

Isaías que es profeta y poeta, hermosamente pinta esta esperanza. Su pueblo, el que recibió tantas promesas de Dios, vive hecho lágrimas, en el desierto.  Los dioses de los paganos parece que han vencido.  No hay templo, mi altar, ni sacrificios.  La fe en las promesas se apaga.  Pero los ojos del profeta disipan la neblina del futuro. “En aquellos días”, pregona en su mensaje, “El mismo Señor nos preparará una mesa de manjares suculentos y vinos de solera”.  ¡El futuro es nuestro!  En este ring de boxeo nos han lanzado al suelo en cada asalto. En el último yo noqueo.

La viuda de los casados tendrá muchos momentos de paraíso. Y momentos en que ese Adán es expulsado del Edén cubierto con hojas de parra.  Pero hay redentor. Y se anuncia en ese niño recostado en las pajas de un pesebre. “Y qué gozo que está el heno, pues ha ciado sobre él”.  Nuestro país – y nuestras familias- se sienten algo así como el pueblo hebreo en Babel. Hace falta un Adviento que grite: el juego no acaba hasta el tercer out del noveno inning.  Muchas parejas he visto yo resurgir de donde al parecer solo había cenizas.  Parejas que incluso después de firmar papeles de divorcio, encienden una luz en medio del túnel.  ¡Porque un niño nos ha nacido!

Ante la pandemia, Adviento.  Ante la economía caída, Adviento.  Ante la infidelidad, la rutina, la soledad en medio de personas, Adviento.  Aún no es la hora de la celebración.  Tal vez los que viven sin tanta fe la dañan, convirtiendo la etapa navideña en tiempo folklórico, festivo tropical, la navidad más larga del mundo.  Nosotros no celebramos todavía, solo la deseamos, y la preparamos espiritualmente.  San Agustín decía: ¡No me estarías buscando, si no me hubiera encontrado!  En fe ya él está con nosotros. Se trata de ese buscar, desear, anhelar la mayor liberación de espíritu, que ese niño comenzará a efectuar desde que esté sobre las pajas, o recibiendo alimento del pecho de su Madre. 

Ese deseo se acompaña con un ambiente sobrio, de meditación y espera.  No es tan penitencial como la Cuaresma.  Pero roza ese mismo espíritu.  Por eso el profeta exige: “Preparen el camino del Señor!  Los hoyos espirituales de ese camino que es tu yo hay que rellenarlos; los chichones en el asfalto, tu espíritu engreído, poco humilde, hay que rebajarlos.  La pista por donde entrará el Salvador en el mundo debe ser lo más posible como el autoexpreso recién estrenado.  Es bonito tiempo para participar en el sacramento de la Reconciliación: reconocer humildes esas actitudes tan contradictorias con lo que este niño quiere imponer en el mundo nuevo que con Él se inaugura.  ¡Es un Adviento de suspiros por lo mejor, pero también de Manos a la Obra!  Hermoso momento para leer en silencio esos pasajes proféticos que la liturgia irá ofreciendo en cada día de esas cuatro semanas. Momento de vivir activos nuestro Adviento.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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