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Bien sabemos que el final del cuento “y fueron felices toda la vida” es eso, “un cuento de Calleja”. La vida es lucha, es una dialéctica en que se adquieren verdades que luego son contradichas con otras realidades para llegar a una síntesis de algo mejor. Es como en la fe: no podemos basar la fe en lo que aprendimos para la primera comunión. Debe madurar. Revisando hoy papeles viejos encontré la foto mía dándole la comunión a una preciosa niña. Pocos años después, ya adolescente, murió en trágico accidente. “La vida te da sorpresas”, cantaba Blades. Y el matrimonio en realidad es una carrera de obstáculos. Habría que aplicar lo que mi amiga Julie Alvira, en etapa ya avanzada de su cáncer, me repetía al preguntarle cómo iba: “Un día a la vez”. 

No promete, por tanto, el “vivieron felices y comieron perdices”. Pero sí promete muchas cosas.  No promete que no habrá momentos difíciles; tan solo que habrá siempre alguien que te apoyará en el camino hacia mejores momentos. Un compañero(a) de viaje. De broma le digo a mis amigos que algo que me cuesta del celibato es no poder viajar con alguien bien cercano con quien comentar lo que vemos, desahogar los malos momentos, acordar si ver esto o lo otro, ventilar mi frustración con las reglas del museo… Me molesta viajar solo como un pajuato sin tener con quien conversar o me saque de los apuros. Claro, por Dios, ¡esa no es la razón principal del celibato!

Es contar con alguien (conductor designado) que te apoyará en el camino cuando los pies cansados decidan sentarse, o me puse malito por algo comido, tener compañía. El cantor a propósito de lo patriótico cantaba “Aquí estoy Puerto Rico pa’lo que quieras mandar”. San Ignacio no quiso que los muchachos que compartían sus sueños apostólicos se llamasen ‘ignacianos’. No. Todos somos compañeros de Jesús. No trabajamos con una asesoría humana, sino con Jesús. Me gusta, por eso, la frase de promoción vocacional de los jesuitas brasileños: Compañía de Jesús, estamos en buena compañía. 

Si vemos a la pareja como una persona comprometida con todo lo que atañe a mi persona, y yo también con ella, comprenderemos que esa es promesa que Jesús avala. Ella/él es parte mía. Lo mío necesariamente es también de la otra persona. Claro, en reciprocidad. Se cumple la Biblia: “serán los dos una carne, un solo ser”. Por el matrimonio nos convertimos en siameses, en que el órgano común es el corazón, lo demás “es parking”.  Por eso, al hablar de lo económico a los novios, les aconsejo: “En esta sociedad en que se demanda por nada, si te casas con deudas y compromisos anteriores, tal vez sea bueno que firmes capitulaciones. Pero, por favor, olvídense de los papeles. Comiencen a vivir con lo de aquí en adelante; los dos aporten. No pocos divorcios he visto causados por causa del dinero, porque “eso te toca a ti y no a mí, a ver cómo te arreglas”. 

Los momentos difíciles abundan. También para el célibe. Pero la pareja que vive la promesa de Dios, la pide, la ejercita, está mejor blindada para la crisis. Si nos hundimos, nos hundimos los dos; lo mismo si flotamos. César al cruzar el río Rubicón, en contra del parecer del Senado, gritó “la suerte está echada”. Y ganó la pelea. Entró en Roma con un bien preparado ejército. Lo mismo los que se casan. Hay varios rubicones, de distinta composición, esperándoles. Pero la suerte está echada: somos dos los que van al ataque. Es bonito ver esto plasmado en la pareja de viejitos con memoria perdida, verdes y coloradas mañana o noche, pero juntos en la pelea de esperar la muerte. La pareja que puede preguntarse: ¿a cuál de los dos es que no le gusta el broccoli?

P. Jorge Ambert Rivera, SJ

Para El Visitante

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