Hasta la última letra del plan salvífico de Dios, no solo estaba profetizado, sino que tenía que cumplirse. El cordero de Dios, siendo el más inocente, fue condenado a una muerte aterradora. Jesucristo, traicionado y abandonado por sus íntimos, humillado y abofeteado por los quienes días antes escuchaban su prédica, fue entregado a una justicia humana que no alcanzó un mínimo. Asimismo, como tantos inocentes incluso hoy pasan el suplicio de la injusticia…

Para analizar el proceso judicial de Jesús, El Visitante tuvo la oportunidad de entrevistar a una jueza en la jurisdicción de los EE.UU. que, por su nombramiento, nos referiremos a ella por el seudónimo de “Jueza Débora” (en alusión al libro de los Jueces) de para mantener su anonimato.

Amparados en los principios básicos, la Jueza Débora pretende analizar si el debido proceso se cumplió para garantizar un juicio justo para Jesús. No obstante, nos topamos con unos acontecimientos previos muy amañados con una traición a cambio de 30 monedas de plata por parte de uno de sus apóstoles, Judas Iscariote, y un arresto en altas horas de la noche casi como una emboscada. Esa noche, según la Jueza Débora, le merece el calificativo de “encerrona” a unas circunstancias en las que “se llevaba tiempo intentando una excusa para capturarlo” y “hay elementos para considerar esto como una conspiración”.

Sobre un arresto con apariencia de secuestro, se cuestionó cómo una guardia armada puede someter a una persona sin leerle sus derechos, mencionar la acusación y en la espera del momento más vulnerable. “En mi opinión, todo apunta a un secuestro con premeditación. […] El sanedrín no tenía autoridad civil, no tenía jurisdicción. Incluso, las acusaciones (autoproclamarse Hijo de Dios) eran materia estrictamente religiosa”.

Como la verdadera intención es matar a Cristo, la acusación parece modificarse según la autoridad que enfrenta. En ese caso, cuando lo llevan ante Poncio Pilato el cargo cambia y ahora Jesús se opone al sistema tributario… Claro, se trata de presentar una afrenta a la autoridad civil que entonces no toleraba cualquier levantamiento o agitadores. No obstante, es “traer por los pelos una acusación para buscar un veredicto”.

Jesús es apresado y enjuiciado por primera vez por el sanedrín, luego por Pilato, luego por Herodes y finalmente por Pilato para totalizar 4 procesos judiciales que finalizaron con su ejecución. “En efecto, Jesús no contó con representación legal en ningún momento. En un juicio ante el sanedrín que debió proceder por votación individual de los líderes y Caifás lo condena unilateralmente en medio de una garata con protestas e insultos, con gente en contra y a favor. Esto no fue un juicio de buena fe. Fue un proceso en el que se prueba el odio”.

Durante el interrogatorio ante Poncio Pilato él le preguntó directamente a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. La Jueza Débora cuestionó sobre Pilato: “Esto es un intento de que Jesús se auto incrimine. Además, Poncio Pilato lo envía ante Herodes Antipas restando importancia a este asunto o evitándolo a toda costa a sabiendas que la jurisdicción no se determina por el lugar de nacimiento, sino por el lugar de los hechos”. Es por esto por lo que Herodes, mientras el acusado guarda silencio, lo devuelve al pretorio de Pilato.

Hay que destacar que Jesús en ningún instante renunció a sus derechos ni a su inocencia, más bien la sostuvo. Fue el proceso amañado y manipulado el que le declara la pena mortal en un sin sentido por la presión pública, como ocurre con mucha frecuencia por los chismes y juicios apresurados de la gente, según reflexiona la Jueza Débora.

De hecho, fue esa presión pública liderada por Caifás la que, tras Pilato no encontrar prueba, comienza un juego de estrategias. Lo próximo fue una autoridad que “para seguir evadiendo su responsabilidad de proteger al inocente busca indultar a un preso, cambiar la atención y calmar al pueblo embravecido”. Pero, esto no le bastó y vuelve a acceder a la presión ordenando un castigo cruel como la flagelación. Pero, esto tampoco calma la sed de sangre.

Aquí llega el zenit del asunto. Es donde se prueba la capacidad o la incapacidad, el poder o la debilidad de sostener la justicia. Pilato tiene una legión de guerreros romanos a su cargo para defenderlo y ejecutar sus mandatos. Al lavarse las manos, pretende que el veredicto caiga en manos de la multitud. “Dice que es inocente de la muerte de un Jesús. ¿Pero, permite que se conspire, se flagele, se insulte, se calumnie, se torture y finalmente se crucifique a un hombre en el que él no ve culpa alguna?”, cuestionó la Jueza Débora.

En este intento de juicio -lleno de prejuicios- quien ganó fue la presión pública y política de unos pocos. Aquí quien perdió fue el derecho, la razón, la equidad; aquí quien perdió fue la justicia.

Enrique I. López López
e.lopez@elvisitantepr.com 
Twitter: @Enrique_LopezEV

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