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No me refiero al profundo ensayo de Azorín que contempla a un hombre sentado en el balcón sobre quien pasan las épocas, cada una con sus vestidos y usos, pero siempre cuestionándose silencioso sobre el sentido de la vida. Por eso, afirma “nadie le podrá quitar su dolorido pensar”. Es el anciano, un tiempo fue mi padre, sentado sin tarea alguna, dejando discurrir los tiempos esperando, quién sabe, si ya la muerte. Mi madre, aquejada siempre de sus miedos y mareos, encerrada largo tiempo en su cuarto y cama, no toleraba la sensación de estar sola. Por eso, aunque ni la oyera ni la viera, dejaba la televisión y radio encendidos para acompañarse por el ruido. Y mi padre tenía que estar cerca, casi siempre en el balcón, donde ella viera que alguien rondaba aún en la casa.

¿Qué hacía mi padre en esos largos silencios de su ancianidad sentado en el balcón? Penélope esperaba cosiendo que llegara su amado héroe. Tal vez pasaban por la mente de mi padre los viejos trabajos al sol, curtidas sus manos por el cemento, sus momentos de gozo jugando cartas, o su única diversión darse el trago, o pensando en los tiempos antiguos perdidos en los cafetales de Ciales, o los cañaverales de Manatí. Su puesto, pensaría, era estar allí como de centinela, para que se esposa aquietase sus miedos. Un día me confesó que había domesticado un lagartijo. Él atrapaba veloz una mosca, la extendía sobre su mano y el lagartijo saltaba al ruedo para comérsela.

Hoy pienso en esa etapa de algunas parejas, habría que añadir hoy día que muchas, sin gran academia, ni gusto por lecturas, o impedidos en la vista para fijarse en ellas, que están en el sillón (puede ser él o ella), en un silencio que es compañía solo por su presencia. La tercera edad de la pareja que no ha tenido muchos retos de tipo intelectual u otros intereses, y que solamente subsiste cerca o al lado de la persona amada. El amor por solo la presencia. Ya no hay muchos temas de qué hablar o discutir. Ta vez la información más relevante oída en emisoras, o la rápida visita del hijo que se acuerda y al menos aparece para un “Hola, aquí estoy”.

Es la etapa del amor silencio, del simple estar. Y podría ser al revés, de él para ella, o la que sufra menos limitaciones. Y si es él quien ya padece del Alzheimer en mayor o menor grado, la que tiene que estar ahí. Su sola presencia proclama que aún hay vida, que en algo se asemeja a la que hubo anteriormente. Dice la Biblia “Ay del solo, porque si se cae, no tiene quien le levante”. Ese es el regalo que se concede esta pareja, llegada ya la etapa de los profundos silencios, o cuando ya no surge qué compartir. Es el gesto de amor que resulta doloroso para la parte que aún conserva vitalidad o deseos de conversar.

Un día encontré en una funeraria a un anciano conocido. “Y qué hace ud aquí, ¿don fulano?, pregunté. “Padre, aquí haciendo turno”. Es la realidad. Y aunque esa idea de “estar haciendo turno” se comprenda fácilmente, a veces sin desear aún que me llegue el momento de mi turno, esta se le impone a la pareja anciana. Mi madre, por sus dolencias y su sufrida vida de continuas obligaciones y crianza de hijos, no poseía muchas tareas de diversión o recreo. Le bastaba entonces la presencia física que gozó con mi padre, con muchos tropiezos, sí, en más de 40 años.

Dolor grande me produce leer en la prensa sobre esos ancianos que alguien depositó en el Centro Médico, pero luego nadie apareció para recogerlos. Eran excedente, descartados, estorbos. Ni siquiera tuvieron el regalo de una presencia, aunque silenciosa, que indicase con el gesto “estoy aquí” y “al menos todavía puedes significar algo para mí”.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante