Todo católico práctico debe gustarle estudiar la Biblia. Al hacerlo, uno de los grandes cuestionamientos que se puede hacer es: cuál fue el pecado de Adán y Eva y, cómo entró este al mundo. Cuando escudriñamos estos relatos descubrimos que el gran pecado de nuestros primeros padres (Adán y Eva) no estriba tanto, como a veces nos han dicho, en haber comido del fruto prohibido o por desobedecer a Dios. La verdad es que tiene que ver con esto, pero no es totalmente esto. El gran pecado nos lo muestra Génesis 3,5 cuando la serpiente le dice: “Es que Dios sabe muy bien que el día en que comieras de él, se os abrirán los ojos y serán como dioses, conocerás el bien y mal”.

El gran pecado de la humanidad desde el inicio de la creación es el considerarse igual a Dios. Si eres igual a Dios no necesitas de Dios, esto lo encontramos en el Diluvio Universal. Dios mandó a construir el arca para que la humanidad se salvara, y les expuso una única exigencia: la conversión. Pero los hombres eran tan duros de corazón que no le creyeron y murieron ante el diluvio, pues estos se creían no necesitados de Dios (Gen 7).

Otro ejemplo en el que se repite este pecado lo es en la Torre de Babel, en la que los hombres querían llegar a Dios, no que Dios llegase a ellos.

En la época moderna este pecado de creerse igual a Dios ha continuado cometiéndose. Ejemplos del mismo lo son la inseminación in vitro, la clonación, células madres embrionarias, la eutanasia, hasta lo más reciente. Tan cerca como el 26 de junio de 2015, día en el que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos quiso redefinir el matrimonio, aprobando que este podía ser entre personas de un mismo sexo. Esto es sin duda jugar a ser Dios, pues ya Él había establecido hace 21 siglos que el matrimonio es entre un hombre y una mujer. El mismo Dios ha dicho: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Génesis. 2,24). Tristemente, como en el principio, los seres humanos continúan cometiendo el mismo gran pecado: seguir creyéndose igual a Dios.

(Revdo. D. Wilfredo López Mora)

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