Homilia de Padre Obispo Ruben Gonzalez Medina C.M.F., Obispo de Ponce en misa crismal 31 de marzo de 2026.
Queridos hermanos presbíteros, diáconos, seminaristas, consagrados y fieles laicos, querido pueblo santo de Dios que peregrina en esta amada diócesis:
Hoy nos congregamos en torno al altar del Señor en una de las celebraciones más profundas y significativas de nuestra Iglesia particular: la Misa Crismal.
Es la fiesta del sacerdocio, la memoria viva de nuestra unción,
el signo visible de la comunión del presbiterio con su obispo,
y la manifestación de un pueblo ungido y enviado en misión.
Hoy resuena con fuerza la Palabra proclamada por Jesús en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido…” (Lc 4,18)
Esta palabra no es solo memoria. Es presencia. Es identidad.
Es misión. Y hoy podemos decir con fe viva: El Espíritu del Señor está sobre nosotros.

Queridos hermanos sacerdotes: Antes de cualquier función, antes de cualquier tarea pastoral, somos ungidos. La unción que recibimos no fue un gesto pasajero, sino una marca permanente que nos configuró con Cristo. No somos sacerdotes por mérito propio, ni por nuestras capacidades, ni por nuestras seguridades. Somos sacerdotes porque Dios nos ha amado y nos ha elegido.
Y esa elección tiene un centro: el corazón. El sacerdote es hombre del corazón, pero no de un corazón cerrado, sino de un corazón configurado con el Corazón de Cristo: un corazón que ama, que se compadece, que se entrega.
Hoy el Señor nos hace una pregunta decisiva: ¿Cómo está tu corazón? Porque de ahí depende todo. Cuando el corazón se apaga: la misión se vuelve carga, el ministerio se vuelve función, la caridad se enfría. Pero cuando el corazón arde: la Palabra se anuncia con vida, la Eucaristía se celebra con pasión, el pueblo se siente amado y acompañado.
Hermanos: no fuimos ungidos para administrar lo sagrado, sino para arder con el amor de Cristo. Cuando el corazón del sacerdote arde, el pueblo se enciende; cuando se enfría, la fe se debilita
Dentro de unos momentos renovaremos nuestras promesas sacerdotales. No es un acto formal. Es un regreso al origen. Es volver a aquel momento en que el Señor pronunció nuestro nombre, cuando el corazón ardía. Hoy el Señor nos dice: “Vuelve a tu primer amor.”
Renovar las promesas es decir nuevamente: “Aquí estoy, Señor” “Confío más en tu gracia que en mis fuerzas” “Quiero seguir siendo totalmente tuyo” Y también es dejar que Él sane: nuestras heridas, nuestros cansancios, nuestras desilusiones. Porque incluso un corazón herido puede volver a arder si se deja tocar por Cristo.

Hoy bendecimos: el óleo de los catecúmenos, el óleo de los enfermos, y consagramos el santo crisma. Estos no son simples signos. Son la expresión de una Iglesia viva que: fortalece, sana, consagra, envía. Así como el óleo penetra y suaviza,
así el Espíritu Santo penetra nuestro corazón, lo transforma y lo fortalece. No hay misión sin un corazón ungido. Y no hay unción verdadera sin misión.
Cada, sacramento será un envío: en el bautismo, en la confirmación, en la unción de los enfermos. Toda la Iglesia queda enviada
En esta etapa de la oración, nuestra Iglesia diocesana está llamada a ser: una Iglesia que anuncia, una Iglesia que sana, una Iglesia que libera, una Iglesia que enciende corazones
No podemos ser una Iglesia: apagada, encerrada, cansada. Estamos llamados a ser una Iglesia con el corazón encendido.
Y eso comienza por nosotros, presbíteros. El pueblo de Dios no necesita funcionarios del culto, necesita pastores con el corazón ardiente: cercanos, compasivos, disponibles, profundamente humanos y profundamente de Dios. En este camino no estamos solos. Miramos a Santa María de Guadalupe, la madre del verdadero Dios por quien se vive, la mujer del corazón encendido la que supo guardar el fuego del amor de Dios en su corazón, la mujer del corazón disponible, obediente, fiel hasta la cruz. Pidámosle a ella: que cuide nuestro corazón, que lo mantenga encendido, y que nos enseñe a amar como su Hijo.
Finalmente, queridos hermanos y hermanas oremos una vez más;
“Señor enciende nuestro corazón y fortalécenos en la misión”



