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El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra los inicios de la predicación de San Pablo y cómo fue recibido en la comunidad.

Según nos dice San Juan en su primera Carta, fe y amor son los componentes de la praxis cristiana: un cristiano que no tiene amor no tiene entonces verdadera fe.

El extracto del Evangelio de San Juan nos presenta la hermosa metáfora de la vid y los sarmientos

Mi gente, llegamos al Discurso de despedida de Jesucristo. Este discurso Jesucristo lo pronunció en la Última Cena, despidiéndose de los Apóstoles sin ellos saberlo, ya que su muerte era inminente. Jesucristo les da una serie de recomendaciones para ellos poder desenvolverse en un mundo que les sería adverso. Al mismo tiempo que llega a un nivel espiritual profundo, poco conocido para los Apóstoles. Aunque este discurso fue dicho en la Última Cena, la Iglesia lo pone al final del Tiempo Pascual, a manera de sentir que Jesucristo se está despidiendo de nosotros.

Jesucristo advierte a los Apóstoles que el mundo los odiará y que habrá gente que los quiera destruir. Es por eso que en la primera lectura, que nos presenta a San Pablo recién convertido entrando a las comunidades, nos presenta a los cristianos con temor, porque conocían a Pablo como su perseguidor. Tuvo que ser apadrinado por el testimonio de San Bernabé que, iluminado por el Espíritu Santo, sirvió de padrino de San Pablo. Aquí es bueno aprovechar para hablar de un tema del que se habla poco: la labor de un padrino, ya sea de bautismo, confirmación, matrimonio u ordenación sacerdotal. El padrino es quien acompaña al ahijado en el crecimiento de la fe, en la maduración de su vocación o del sacramento que ha recibido. En el caso de San Pablo, San Bernabé fue su padrino porque lo ayudo a ingresar a la Iglesia y ser aceptado por los Apóstoles, ya que los cristianos le tenían miedo…y con razón.

Como decía, en el discurso de despedida, Jesucristo entra en unos temas de espiritualidad cristiana realmente profundos. ¿Por qué la vid? Si hay dos plantas que son importantes en la vida del judío y que se han vuelto parte de la espiritualidad cristiana son el olivo y la vid. Con el olivo se hace aceite que sirve para alimento, para iluminar, para masajear a los que van a competir en un evento o cuyo cuerpo está adolorido. De la vid surge la bebida que tiene connotaciones sagradas que es el vino. El vino alegra el corazón, el vino cura heridas, el vino sirve de medicina. Y es por eso que Jesucristo escoge el vino, no solamente para hacer su primer milagro, sino para que, nada más y nada menos, hacerlo su propia sangre, una sangre que alegra, una sangre que da vida, una sangre que sana.

Con esto podemos entender la metáfora: Jesucristo es el tronco central de la vid y nosotros somos sus bejucos. Solamente unidos a Jesucristo, una unión que se logra con la oración, con la práctica de las obras de misericordia y, sobre todo, a través de la recepción de la Eucaristía, podremos participar de esa vida divina que el Señor nos da, una vida que se traduce en alegría, en fertilidad, en santidad, en eternidad.  “Con Cristo todo y sin Cristo nada”.

P. Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante