Dicen que la culpa es huérfana, y los seres humanos somos buenos fiscales buscándole madre. Son las desavenencias de la pareja, en que cada uno termina con el dedo parao hacia el otro: “porque tú…”. Echas culpas. Es una actitud que no llega a nada. Y eso, aunque sea verdad que el otro, y no tú, cargue la culpa de lo sucedido. Sería una culpa de la que no se saca un nuevo aprendizaje. En humildad.  ¿Es la discusión que termina como preguntarse qué fue primero, el huevo o la gallina?

Una actitud más fructífera es la autocrítica. Dirige el dedo hacia ti. Pregúntate: dónde yo, posiblemente sin querer, ¿lo ha dañado? Porque si la culpa está en tu cancha, puedes bregar con ella. Si está en la cancha ajena, solamente entra la persona que puso un no tresspassing en su puerta. Eso no niega que posiblemente el fallo venga del otro lado. Pero no ayuda a llegar en claridad al asunto el insistir en el pecado ajeno. Por eso Jesús dijo: “el que no tenga pecado que lance la primera piedra”. Contigo puedes modificar. Nadie cambia si no decide cambiar. Y hay consejos que en vez de ayudar trancan más. Dijo el sabio: puedes llevar el caballo al río, pero no lo puedes hacer beber.

La autocrítica es una actitud profundamente humana, profundamente cristiana. Es reconocer la realidad de que yo no soy Dios. Soy creatura, perfectible pero imperfecta. Y a veces con las mejores intenciones estoy cometiendo el mayor error. Es como los que antaño en nombre de Dios mataban al hereje. Y supuestamente para alabanza divina. No sé si Dios lo calificaba de esa manera. Es como el niño que le pregunta a su padre ¿los testigos de Jehová van al cielo? “Pues yo creo que sí. ¿Y San Pedro hace como ustedes que se esconden? O sea, consejos vendo para mí no tengo.

Comenzar reconociendo tu deficiencia en el punto discutido no anula la realidad de que la otra persona ha fallado, o es deficiente en otro punto. La esposa, enojada porque su esposo llega tarde del trabajo, y pasado en la bebida, le dice: “Yo reconozco que tu trabajo es intenso; reconozco que mereces recompensarte con tus amigos, dándote el palo. Pero yo necesito tu presencia y apoyo después de pasar el día en la casa, y estoy llena de temor de que te suceda algo desagradable por la forma en que bebes”. Estoy seguro de que el mensaje es el mismo que decirle: “ya estás convertido en un borrachón; no te aguanto más”. La frase anterior no ofende, sino invita al otro a reflexionar en su conducta.

La autocrítica reconoce primero lo positivo de la acción, pero no elimina o ignora lo malo. Es la parábola del perro podrido en medio del camino. Todos lo ven, y ante el fétido olor, se desvían por otro camino. El Rabí de Galilea lo ve, siente lo desagradable del olor, pero comenta: “Qué bonitos y qué limpios tiene los dientes”.  Es aquello que expresa: “más atrae una cucharada de miel, que una tonelada de vinagre”. Aunque también hace falta vinagre para la ensalada.

El problema de vivir en matrimonio es la convivencia. Si consistiera el casarse encontrarse con una persona agradable por un fin de semana, o la noche del viernes hasta las doce, no sería tan complicado. Es el arreglo de los amantes infieles. El problema es que convives, compartes vida, con esa persona. Y entonces, por más que tape o disimule, saldrán sus sombras, sus deficiencias, sus egoísmos y maldades. Si se los restriegas en la cara, normalmente no conseguirás cambios. Ta vez sí, con una acción dramática, pero no violenta. Como la pareja que ya no aguantaba las continuas tardanzas de el hasta las once de la noche, mientras ella sudaba con la casa y los cuatro hijos. Un día llega el y se encuentra una maleta en la puerta. “Y esto”. “Para ti, no aguanto más, quiero que te vayas”. Él, en un desplante, le hizo caso. Entró en su oficina para pasar la noche, pero la incomodidad era grande. Reconoció entonces que su mujer tenía algo que decir. Y la llamó. “Tenemos que hablar, voy para allá”. Y ese fue el comienzo de un crecimiento en la pareja.

Padre Jorge Ambert Rivera

Para El Visitante

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