Hoy clausuramos el Mes de las Misiones, pero no termina la misión. Al contrario, se renueva. Durante estas semanas hemos meditado sobre lo que significa ser una Iglesia en salida, sembradora de esperanza, siguiendo el mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio” (Mc 16,15). Hoy, el Evangelio de Lucas nos coloca frente a dos actitudes humanas ante Dios: la autosuficiencia del fariseo y la humildad del publicano. En la oración de este último descubrimos el corazón del verdadero misionero o misionera.
El fariseo se siente perfecto. Habla mucho de sí mismo, confía en sus méritos, se compara y desprecia. El publicano, en cambio, no levanta los ojos al cielo. Solo dice: “Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador”. Jesús nos enseña que la misión comienza en el corazón humilde, en quien reconoce que necesita de Dios. No hay misión sin conversión. El misionero no es quien se siente superior, sino quien se deja transformar cada día por la misericordia del Señor.
La humildad del publicano es una semilla que cae en tierra buena. Su oración abre la puerta al perdón y a la vida nueva. Así también, cuando la Iglesia ora desde la humildad, renace la esperanza en medio del mundo. Una Iglesia humilde — que escucha, acompaña, sirve, se arrodilla para lavar los pies — es una Iglesia creíble, una Iglesia que siembra esperanza.
Por eso el Papa Francisco nos invitaba a ser evangelizadores con espíritu, no funcionarios, sino
testigos apasionados que llevan a Cristo a los demás con ternura y alegría. El misionero ora como el publicano y sirve como Jesús. Ora reconociendo que todo fruto viene de Dios. Sirve a los pobres y a los olvidados con compasión. No busca ser admirado, sino dar esperanza. Ser “Iglesia en misión, sembrando esperanza” significa mantener viva la llama que encendimos este mes: la oración por las misiones, el apoyo a los misioneros, el compromiso con los necesitados de nuestras comunidades, el testimonio alegre de nuestra fe.
Hoy clausuramos el mes misionero, pero abrimos un tiempo de compromiso permanente. Pidamos al Señor que nos dé un corazón humilde y ardiente, capaz de decir cada día: “Señor, ten compasión de mí, y hazme sembrador de tu esperanza”. Que María, Reina de las Misiones, y todos los santos y santas misioneros nos acompañen en este camino de esperanza.

El corazón del verdadero misionero
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