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En esta historia, san Juan Evangelista nos presenta a Jesús que siente compasión al ver a un ciego de nacimiento y decide curarlo. Sabemos que Jesús nos ha dicho: “Venid a mí los que estén cansados y agobiados que yo los aliviaré”, (Mt 11, 28). En este ciego, que nos representa a ti y mí en nuestras necesidades, en nuestra falta de visión en lo espiritual, emocional y psicosocial, se cumple esa promesa.

Nos explica además el contexto de las creencias hebraicas. Primero presenta la creencia en los discípulos, de que los pecados familiares o personales producían miserias. Segundo, expone la costumbre de presentarse en el Templo para que declararan sanos los enfermos. Allí los fariseos cuestionaron la sanación. El ciego de nacimiento y sus padres declararon. Estos últimos lo reconocieron como su hijo, pero no quisieron opinar por miedo. La actitud de los fariseos me recuerda la frase: “Dejadlos; son ciegos guiando otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo (cf Mt 15, 14). Los fariseos llevaban en su ceguera a otros a cometer errores. A veces nos dejamos llevar por quienes pueden ser líderes tóxicos o malas compañías.

Por otro lado, nos presenta que la sanación ocurrió durante el sábado. Los fariseos velaban rigurosamente el descanso del sábado. Por eso, pensaron que Jesús no era de Dios. Buscaban esa evidencia para condenarlo. Sin embargo, sabemos que “Jesús es el Señor del sábado” (cf Mt 12, 8) y nos enseñó que estaba permitido “hacer el bien en sábado” (cf Mt 12, 12). Cuando vayamos a Jesús en la Eucaristía, sepamos que Él nos puede transformar en cualquier momento.

Sabemos que Jesús llamó a los fariseos “hipócritas y sepulcros blanqueados” (cf Mt 23, 27) es decir, blancos por fuera, pero guardando lo podrido adentro. En este evangelio Jesús nos invita a ser bondadosos y limpios de corazón. Cuando Jesús, como Buen Pastor, oye que aquel hombre ha sido rechazado por los fariseos, regresa a buscarlo. Esta es la segunda obra de misericordia en este Evangelio.

Jesús dijo: “He venido a este mundo: para que los que no ven, vean”, (cf Jn 9, 39). Entonces así se cumple en Jesús lo que profetizó Isaías del Mesías: “En aquel tiempo los ojos de los ciegos verán en medio de la oscuridad y de las tinieblas”, (Is 29, 18). Es la misma frase conque Jesús contesta a los discípulos de san Juan Bautista ante la pregunta de si era o no el Mesías esperado. “¿Eres tú el que ha de venir, o esperaremos a otro? Y Jesús les dijo: Id y contad lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos son resucitados”, (Mt 11, 3-5).

El ciego del estanque de Siloé, sanado, ve, cree y sigue a Jesús. Queda transformado. Se cumplen en él las profecías de Isaías y con Jesús se convierte en discípulo. Nos invita a creer y a seguirlo. Te invito a que pidas como Bartimeo, otro ciego que Jesús sanó: ¡Jesús…, ten compasión de mí! …haz que yo vea (cf Lc 18, 41). Como estos ciegos somos todos nosotros cuando tenemos dudas. Jesús nos invita a conocerle a través de la Palabra. Cristo, nos invita a dar el paso, a desear ese cambio, a volver a los Sacramentos, a dar el SÍ de amar al prójimo. Hoy pide con fe y esperanza poder ver, entender y amar al prójimo a pesar de las adversidades de la vida.

Natalio Izquierdo, MD

Para El Visitante

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