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Durante los cuarenta días previos a la Pascua se invita a la oración, la abstinencia y la limosna. Son días de reflexión y arrepentimiento, pero no de tristeza. Y aunque es tiempo de silencio y recogimiento espiritual, en el transcurso de estos días hay un momento oportuno para “celebrar” la alegría por la cercanía de la Pascua. ¿Cuál es ese día y por qué se distingue con el color rosado? 

El IV Domingo del Tiempo de Cuaresma recibe el nombre de Domingo Laetare, o Domingo de la Alegría. Se debe a que la antífona de entrada de la Celebración Eucarística correspondiente a ese domingo comienza con una invitación a alegrarse, según explicó a este semanario Monseñor Leonardo Rodríguez Jimenes, párroco de la Parroquia María Madre de la Misericordia de Guaynabo. La antífona dice: «¡Alégrate Jerusalén! ¡Reuníos, vosotros todos que la amáis; vosotros que estáis tristes, exultad de alegría! Saciaos con la abundancia de sus consolaciones”, (Is 66, 10-11). 

Quizás a nivel cultural o social ya no se siente tanto el recogimiento cuaresmal durante los meses de marzo y abril. Sin embargo, el sentido de penitencia durante la Cuaresma en la Iglesia sigue siendo marcado y notable de cierto modo. Ahora bien, se da paso a la alegría dos domingos antes de Pascua, pues se reconoce a la Resurrección –que se aproxima– como un verdadero motivo de gozo y alegría. 

¿Por qué el rosado?

Al igual que las flores, que no se utilizan durante el tiempo cuaresmal, el color rosado solo aplica litúrgicamente durante el cuarto domingo del tiempo cuaresmal. También se hace ver el cuarto domingo de Adviento, como símbolo de alegría ante la espera del nacimiento del Niño Dios. En el caso de la Cuaresma, representa la alegría por la resurrección del Señor. También se suele utilizar música litúrgica alegre durante la celebración de la Santa Misa solo en esta ocasión, y luego el Domingo de Pascua para celebrar finalmente la victoria de la vida ante la muerte por medio de nuestro Señor Jesucristo. 

Evangelii gaudium

El Evangelio según san Juan (9, 1-41), correspondiente al Domingo Laetare del Ciclo A, narra la historia del ciego de nacimiento que recobra la vista. Mons. Leonardo rescató esta lectura, a manera de reflexión, ya que es motivo de alegría tanto para el ciego –que deja de serlo por el milagro que acababa de protagonizar– como para los que estaban allí presente. Este es uno de los milagros realizados por Jesucristo más impactantes, pues ¿cómo un ciego de nacimiento puede recobrar la vista así de fácil? Solo en aquel momento podía ser por la intervención divina del Señor, que le frotó en los ojos tierra y saliva para curarlo. ¿No crees que este Evangelio es motivo de alegría? ¿Acaso los milagros que también vemos hoy día no son para alegrarnos? 

Es un signo de alegría saber que Dios está con nosotros y que estuvo con aquel ciego. La misión de Jesús está directamente vinculada con la alegría. Sus milagros, curaciones, consuelos, mensajes y prédicas, el compartir con los pecadores y marginados era y sigue siendo causa de regocijo para todos. Los santos por su parte –explicó Rodríguez Jimenes– también tenían un motivo de gozo: saberse amados por Dios y acompañados por la Iglesia, aún en cada una de sus dificultades. En el caso de María, la “llena de gracia”, ella proclamó “la grandeza del Señor” durante toda su vida terrenal –añadió Mons. Leonardo– y estuvo a cargo de la mayor causa de alegría para el mundo: el Salvador. 

“La alegría está en llegar al cielo algún día. El domingo Laetare busca promover la verdadera alegría, que no se quede en las cosas superficiales, sobre todo en el tiempo de cuaresma. La razón más importante para que tengamos alegría es la victoria pascual del Señor”, completó monseñor Leonardo. 

Jorge L. Rodríguez Guzmán 

j.rodriguez@elvisitantepr.com 

Twitter: jrodriguezev 

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