La alcancía y sus derivados han perdido su identidad. El ímpetu por darle alas al dinero y echarlo en saco roto, nace de un vicio: Gastar a manos llenas. Esa compulsión, que se alía a la felicidad, ha convertido al boricua en derrochador a tiempo completo. Lo que alivia las penas, ya no es la familia o un buen amigo, o la fe en Dios providente, sino el poderío que viaja por tarjetas de crédito y ciertas ayudas económicas gubernamentales.

Mucha de la conversación vigente gira en torno a los $1,200.00 como regalo oportuno. Todas las penas se aguan ante ese beneficio federal. Si la persona gime mientras cuenta sus penas, éstas se fortalecen ante un regalo pareado al de los Tres Santos Reyes. Se vigoriza la voz ante la pregunta enigmática ¿Cuándo llegarán? Detrás de ese anhelo de recibir un dinero, está gastarlo el mismo día, verlo desaparecer en cuestión de minutos.

Queda atrás la prudencia de los abuelos que escarbaban la tierra con profunda responsabilidad familiar y humana. El esfuerzo, el sudor, valía un potosí, eran reverenciados en un ritual de pagar las deudas y a veces no sobraba nada. Para el hijo o el nieto que se graduaba y era preciso un dinerito extra, vendían un becerro, un puerquito para que la ocasión no se viera tan raquítica o carente de medios económicos.

No se puede vivir de espaldas ante el mundo financiero, ni ante las cosas materiales, que son antesala a las espirituales. Pero la prudencia, la justicia y el amor van de la mano y deben converger al partir el pan y hacer que los recursos lleguen a todos sin acaparamiento de dinero, ni subterfugios de moda que perjudiquen a los más pobres. Ese gastar, gastar y gastar no puede ser estribillo que adormezca el corazón y los sentimientos.

Ser libres incluye dominio de los haberes, saber gastar con solicitud de peregrinos y no olvidar las responsabilidades económicas que se tienen con otros. El pobre siempre mira de lejos, y se acerca cuando ve la voluntad a flor de piel. Vivir de espaldas al prójimo revierte en indiferencia, origen de toda delincuencia. Inflar la riqueza a secas, sin fluidez hacia los demás, es convertirse en epulones que sólo dejan caer migajas de su mesa.

El que posee bienes económicos tiene que medir sus pasos y no ser víctima de los doctos de Wall Street y de sus seguidores alrededor del mundo. La alegría de trabajar, compartir y tener algo guardado es abrazo para evitar el frío de la necesidad. Los ahorros son parte de una armonía cuerpo-espíritu. El derroche, tiene sus preocupaciones propias. Trae consigo noches largas y días de fatiga.

Es propio adquirir bienes, pero que éstos no sean tortura, desenfreno y adormecimiento. El bolsillo vacío siempre pide más y no se contenta con lo que tiene porque se ha perdido la justa espera, porque todos anhelan el paraíso económico.

 

P. Efraín Zabala

Editor de El Visitante de P.R.

 

 

 

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